Volver a empezar, estando en casa

Porque sobrevivir al hospital era apenas el inicio
  • Sobrevivir al hospital también implicaba aprender que había momentos donde el dolor físico era menos desesperante que sentirse atrapada dentro de una niebla química permanente

Una cree que salir del hospital, sobrevivir al hospital, significa que ya estás bien.

Como si cruzar esa puerta fuera equivalente a una resurrección completa. Como si después de meses conectada a máquinas una simplemente pudiera regresar a casa, dormir ocho horas, comer sopa y empezar a agradecerle a la vida con música instrumental de fondo.

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La realidad fue muchísimo menos cinematográfica.

Lo más difícil vino después.

Porque mis papás querían que me curara casi por obra y magia del Espíritu Santo. Y no los culpo. Nadie te prepara para ver a tu hija inerte tres meses y luego recibirla de vuelta hecha pedazos, sin manual de instrucciones y con el cerebro todavía intentando reconectarse consigo mismo.

Ellos querían soluciones rápidas estaban desesperados.

Yo sólo quería dormir. Sobrevivir al hospital.

Pero ni eso podía.

Después del hospital me dio síndrome de pies inquietos. Un nombre ridículamente inofensivo para algo que se siente como si el demonio te estuviera retorciendo los nervios a las tres de la mañana. Eran calambres insoportables, una desesperación física imposible de explicar. Mi cuerpo brincaba solo, las piernas ardían, y yo pasaba noches enteras mirando el techo mientras lentamente empezaba a perder la cordura.

Dos meses así.

Dos meses sin dormir realmente.

Mis papás intentaban todo: remedios, rezos, consejos, paciencia, desesperación. Y otra vez, no los culpo. Ellos también estaban sobreviviendo a su manera.

Hasta que mi novio, Korin tomó las riendas.

A veces amar a alguien también significa intervenir cuando todos están perdidos. Él me llevó al neurólogo. Sin milagros. Sin agua bendita. Sin discursos motivacionales. Ciencia. Medicina. Un doctor que entendió que un cerebro que pasó meses peleando por seguir vivo no simplemente “se acomoda solo”.

Me medicaron para dormir.

Y ahí empezó mi mejoría.

Dormir. Algo tan básico. Tan absurdo. Resultó ser el principio de volver a existir.

Aunque incluso en medio del desastre hubo momentos chuscos. Porque el cuerpo humano tendrá muchas fallas, pero el sentido del ridículo nunca desaparece.

Recuerdo perfecto a unas enfermeras que asumían que yo no podía razonar. Hablaban enfrente de mí como si fuera una planta de ornato conectada a monitores. Un día una de ellas dijo burlándose:

“Mírale las orejas, las trae bien sucias”.

Y yo, atrapada en un cuerpo que apenas respondía, me enojé profundamente de su cinismo.

Así que al día siguiente me concentré como si estuviera resolviendo física cuántica para hacerle señas a mi mamá y pedirle que me limpiara las orejas.

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Cuando regresaron las mismas enfermeras, escuché clarito cómo una le dijo a la otra:

“Ya viste sus orejas… están limpias”.

Nunca en mi vida me había sentido tan victoriosa por un par de orejas aseadas.

También recuerdo el método que inventó mi papá para comunicarse conmigo. Como yo apenas podía moverme o hablar, él empezaba a decir el alfabeto en voz alta. Letra por letra. Y yo le apretaba la mano cuando llegaba a la correcta. Entonces él unía las letras como si estuviera descifrando un mensaje secreto.

Tardábamos siglos.

Pero funcionaba.

Así logré decir frases completas. Así pude volver a existir dentro del lenguaje.

Y una de las primeras cosas que le dije fue:

“Ya no quiero estar drogada”.

Porque sí, sobrevivir también implicaba eso: aprender que había momentos donde el dolor físico era menos desesperante que sentirse atrapada dentro de una niebla química permanente.

Mirando atrás, entiendo que todos estábamos improvisando. Mis papás, mi novio, los médicos, yo. Nadie sabía exactamente cómo reconstruir una vida después de verla romperse tan cerca de la muerte.

Pero algo empezó a cambiar en esos días.

Tal vez porque por primera vez dejé de esperar un milagro y entendí que sanar iba a ser mucho más lento, más incómodo y más humano de lo que yo imaginaba.

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