Entre el coma y la realidad

Segunda entrega: entre el coma y la realidad
  • Incluso cuando mi cerebro parecía desconectado del resto del cuerpo, incluso cuando los médicos hablaban de probabilidades como si ya hubieran firmado mi despedida, hubo una parte de mí que siguió agarrada con uñas y dientes. | Por Montserrat Peñaloza

Uno cree que respirar es automático. Que moverse ocurre porque sí. Que tragar saliva, controlar el cuerpo o abrir los ojos son cosas pequeñas, insignificantes. Hasta que un día un traumatismo cerebral te recuerda que no: que todo depende de una pequeña central eléctrica escondida en la cabeza.

Mi accidente no sólo me rompió huesos o me dejó cicatrices bonitas para contar en fiestas incómodas. Lo que más se dañó fue el tallo cerebral. Sí, esa parte diminuta que básicamente decide si sigues funcionando como ser humano o te conviertes en una colección de órganos conectados a máquinas.

El tallo cerebral controla cosas básicas para existir: respirar, moverse, comer, controlar esfínteres, regular el cuerpo. Nimiedades.

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Digamos que mi cerebro desconectó el cable principal. Y ahí estaba yo: oficialmente viva, técnicamente en probable estado vegetal.

Los médicos me indujeron al coma durante dos meses. Dos meses donde mi cuerpo permanecía inmóvil mientras mi cabeza hacía cosas que todavía hoy no logro entender del todo. Porque nadie te explica que en un coma también se sueña. Y no sueños bonitos. No. El cerebro, cuando está roto, se convierte en un guionista drogadisimo.

Viví otras vidas. A veces estaba atrapada en ciudades que no existían. Otras veces hablaba con personas muertas como si fuera lo más normal del mundo. Recuerdo puertas interminables, hospitales infinitos, voces mezcladas, gente llorando muy lejos.

Había momentos donde la fantasía y la realidad se revolvían tanto que desperté convencida de haber vivido años enteros dentro de esos sueños.

Y lo más extraño es que algo de la realidad lograba filtrarse. 

Una tarde vino Ximena mientras yo seguía en terapia intensiva. Ella hablaba pensando que quizá no la escuchaba. Me contó sobre las protestas durísimas por las elecciones de la rectoría del Estado de México.

Recuerdo perfectamente su voz entrando en medio de uno de esos sueños absurdos donde yo caminaba por calles llenas de humo y gente gritando.

La realidad se metía a empujones en mi cabeza.

Y yo estaba ahí, atrapada entre dos mundos: uno conectado a ventiladores y otro construido por un cerebro inflamado y necio que se resistía a apagarse.

Cuando finalmente desperté, entendí algo brutal:  salir del coma no es como en las películas. No abres los ojos, suena música inspiradora y todos lloran felices alrededor de tu cama.

Mentira.

Despertar fue más parecido a regresar de una realidad alterna que nadie puede explicarte. Yo no entendía mi cuerpo. Mi cuerpo no me entendía a mí.

Había tubos, dolores, confusión y una dignidad completamente destrozada. Porque depender de otros para absolutamente todo te rompe el ego de maneras muy creativas. Y aún así, aquí seguía. Supongo que por eso una de mis mejores amigas dijo una vez:

“No conozco a otra morra más pinche aferrada a la vida que tú”.

Y quizá tiene razón. Porque incluso cuando mi cerebro parecía desconectado del resto del cuerpo, incluso cuando los médicos hablaban de probabilidades como si ya hubieran firmado mi despedida, hubo una parte de mí que siguió agarrada con uñas y dientes.

No sé si era esperanza. Tal vez era pura terquedad.

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