- Han pasado semanas y sigo volviendo al mismo pase. El hombre que convirtió la zurda en una forma de arte eligió el otro pie para dejar al veintidós solo para cabecear.
La pelota recorrió el campo sin prisa, como si la jugada hubiera empezado unos segundos antes, en un lugar donde nadie más estaba mirando.
A los treinta y nueve años.
Cualquier otro futbolista habría convertido ese Mundial en la obra de su vida. Pero como era Messi, dejó de parecernos extraordinario.
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Y quizá ése fue el verdadero problema.
No de Messi. Nuestro.
La excelencia tiene una paradoja. Cuanto más extraordinario es alguien, más difícil resulta sorprendernos. Lo imposible deja de parecernos imposible. No porque haya cambiado, sino porque nosotros empezamos a tratarlo como una costumbre.
Si cualquier otro jugador hubiera dado aquel pase con la derecha, habría sido portada durante días. Como lo hizo Messi, apenas nos detuvimos unos segundos.
La excelencia termina robándose el asombro que ella misma produce.
Contra Inglaterra jugó un segundo tiempo que parecía escrito por alguien incapaz de aceptar el paso del tiempo. Había piernas veinte años más jóvenes intentando alcanzarlo y, sin embargo, era el tiempo el que siempre llegaba tarde.
No corría más. Pensaba antes. Esperaba. Atraía. Y cuando todos miraban la pelota, él ya estaba viendo el espacio al que todavía nadie había llegado.
Mientras el estadio seguía una jugada, él ya veía la siguiente.
La belleza no dejó de ocurrir.
Creemos que mirar sucede solo. Pero también dejamos de prestar atención sin darnos cuenta. Empecé a pensar que éramos nosotros quienes habíamos dejado de prestarle atención.
Hubo otra imagen que tampoco conseguí olvidar.
En casi todas las selecciones el protagonismo se repartía entre varios nombres. En Argentina parecía suceder otra cosa. Miraras donde miraras, terminabas encontrando el mismo apellido.
Messi.
Messi.
Messi.
Como si incluso los números insistieran en señalar el mismo lugar.
Y, sin embargo, seguíamos buscando otra historia.
¿Y si algunas historias fueran demasiado grandes para caber dentro de una explicación?
No sólo dejamos de admirar la excelencia. Empezamos a desconfiar de ella.
La complejidad tiene consecuencias morales.
Reducir una historia extraordinaria a una sola causa casi siempre es injusto.
Quizá hacemos lo mismo. Reducimos las historias demasiado grandes hasta que caben dentro de una explicación. Las discutimos. Las comparamos. Las convertimos en respuestas. Quizá porque es más fácil sentir que entendemos algo que detenernos simplemente a mirarlo.
Durante ese Mundial descubrí una forma muy extraña de tristeza.
No aparecía cuando algo terminaba. Aparecía cuando comprendía que algún día terminaría.
Era una nostalgia sin pasado. Como si el recuerdo hubiera llegado antes que la despedida.
Cada vez que Argentina avanzaba sentía alivio.
No porque estuviera un partido más cerca del campeonato.
Porque había otro partido de Messi.
Otro domingo.
Otra procesión detrás del capitán.
Otra pausa antes de recibir.
Otro control que parecía ralentizar el partido.
Otro pase imposible.
Había empezado a extrañarlo antes de que se fuera.
Me sorprendió descubrir que la nostalgia podía existir sin pasado. Porque entendí que el presente podía empezar a convertirse en recuerdo mientras todavía estaba ocurriendo.
Había vivido demasiado tiempo creyendo que la repetición garantizaba la permanencia. Que siempre habría otro domingo.
Entonces entendí que las pérdidas importantes casi nunca empiezan el día que las cosas terminan.
Empiezan mucho antes.
Empiezan el día en que dejamos de mirar con toda la atención de la que éramos capaces.
La belleza desaparece dos veces.
La primera, cuando dejamos de prestarle atención.
La segunda, cuando finalmente desaparece.
Entre una y otra todavía existe una posibilidad.
Mirarla.
Toda belleza exige algo de nosotros: atención.
Quizá por eso quería que Argentina siguiera avanzando.
No por la copa.
Porque todavía quedaba algo que mirar.
El verdadero privilegio no era saber que Messi volvería.
Era saber que todavía volvía.
Y entonces la nostalgia dejó de parecerse únicamente a una despedida.
Empezó a parecerse a otra cosa.
Comprendí que la gratitud no consiste en decir gracias cuando todo termina.
Consiste en mirar con toda la atención de la que somos capaces mientras todavía está ocurriendo.
“Las cosas ya no las mirarás igual”, me dijo alguna vez Gonzalo Cilley. Quizá la gratitud consiste en reconocer, mientras todavía podemos hacerlo, a quienes nos enseñaron a mirar distinto.
Entonces me acordé de otra canción de Andrés Calamaro:
“Cuando no estás, sólo espero verte llegar por esa puerta. Lo que ocurre cuando vuelves, es que te quiero más.”
Quizá ésa sea la única forma de no dejarme, otra vez, nuestros abriles olvidados.


