- La modernidad parece avanzar en dos direcciones al mismo tiempo: hacia una capacidad inédita de modelar el mundo, y hacia una conciencia cada vez más profunda de aquello que sigue escapando del modelo. El tiempo. | Ricardo Bernal
De un tiempo acá, una amiga me regala dudas y palabras.
Hace poco, Ashley Frangie habló de una que se me quedó dando vueltas:
ambivalencia.
La veo aparecer cada vez que dos cosas opuestas parecen ser ciertas al mismo tiempo.
Hace unos días, Jorge Drexler me hizo volver a pensar en ella hablando sobre tres mil millones de latidos.
La canción gira alrededor de una idea brutal:
un ser humano tiene, en promedio, alrededor de tres mil millones de latidos en toda su vida.
Nada especialmente poético, hasta que uno entiende que la palabra importante no es latidos.
Es limitada.
Quizá buena parte de la historia humana nace ahí:
en la conciencia de nuestra propia fragilidad.
Y tal vez también buena parte de la modernidad.
Porque nunca habíamos tenido tanta capacidad para modelar el mundo.
Y quizá nunca habíamos sido tan conscientes de todo aquello que sigue fuera del modelo.
Medimos pasos.
Sueño.
Productividad.
Tiempo en pantalla.
Ritmos cardíacos.
Expected goals.
Expected threat.
Expected everything.
La fantasía de que suficientes datos podrían volver negociable la incertidumbre.
Porque queremos comprender el mundo mejor.
Y al mismo tiempo necesitamos aceptar que nunca terminaremos de comprenderlo del todo.
Los sistemas modernos ya no intentan solamente identificar talento.
Intentan reducir incertidumbre.
Anticipar comportamientos.
Modelar escenarios.
Administrar probabilidades humanas.
En el fútbol moderno esa lógica aparece de formas fascinantes.
Estos días, en México, parte de la conversación deportiva gira alrededor de la convocatoria de Guillermo Martínez al Mundial.
No es titular indiscutible.
No acumula demasiados minutos con la selección.
Y aun así, para ciertos contextos de partido, sigue teniendo sentido.
Porque el fútbol contemporáneo ya no solo selecciona futbolistas.
Selecciona escenarios posibles.
Un delantero puede existir para momentos muy específicos.
Para un marcador adverso.
Para centros laterales.
Para un tipo concreto de caos dentro del área.
Y aun así, ninguna simulación termina de anticipar lo que ocurre cuando el partido empieza.
La confianza.
La presión.
El miedo.
El afecto.
Algunas de las experiencias más importantes de una vida siguen siendo extraordinariamente resistentes a convertirse en datos.
O algo todavía más difícil de modelar:
lo que puede sentir un jugador escuchando el himno en un estadio lleno durante una Copa del Mundo.
Porque quizá el fútbol moderno puede modelar contextos con enorme precisión.
Pero el partido sigue siendo habitado por personas.
Hasta que el partido empieza.
Hasta que aparece el miedo.
O la euforia.
O el cansancio.
O la intuición.
Tal vez por eso la ilusión contemporánea del control resulta tan ambivalente.
Porque nace simultáneamente de dos impulsos profundamente humanos:
la inteligencia
y el límite.
Queremos comprender mejor el cuerpo porque queremos cuidarlo.
Queremos reducir lesiones porque queremos proteger carreras.
Queremos entendernos mejor porque sabemos que el tiempo no es infinito.
Porque no siempre intentamos controlar el mundo.
A veces intentamos controlarnos a nosotros mismos.
Porque algunos impulsos nos permiten construir una vida y, al mismo tiempo, nos dificultan habitarla.
Tal vez por eso la obsesión por la excelencia puede confundirse tan fácilmente con virtud.
Y en algún punto, la búsqueda de control empieza a confundirse con otra cosa:
la ilusión de domesticar aquello que nunca lo ha sido.
La modernidad parece avanzar en dos direcciones al mismo tiempo:
hacia una capacidad inédita de modelar el mundo,
y hacia una conciencia cada vez más profunda de aquello que sigue escapando del modelo.
El tiempo.
La pérdida.
La fragilidad.
Los tres mil millones de latidos avanzando silenciosamente en segundo plano.
Tal vez por eso Ashley tenía razón.
Porque quizá crecer consiste en descubrir que dos cosas opuestas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Que podemos ser fuertes y frágiles.
Que podemos comprender más y controlar menos.
Que podemos saber que algo terminará y aun así elegir vivirlo.
Ambivalencia.
TAMBIÉN LEE: LA REALIDAD QUE FALTA


