Mientras el Mundial mueve millones, las futbolistas siguen enfrentando salarios bajos, menor cobertura mediática y estándares que no aplican para los hombres.
El Mundial vuelve a confirmar algo que el fútbol sabe hacer muy bien: reorganizar el mundo alrededor de una pelota. Durante semanas, selecciones, jugadores y partidos ocupan portadas, conversaciones y horarios estelares. En México, además, el torneo no solo se mira: se prepara. Ciudades enteras modifican infraestructura, movilidad, turismo y espacio público para recibir a miles de visitantes, mientras gobiernos y empresas proyectan derramas económicas millonarias alrededor del espectáculo.
La FIFA obtiene ingresos multimillonarios por derechos de transmisión, patrocinadores y acuerdos comerciales, mientras las principales figuras del fútbol masculino consolidan fortunas difíciles de dimensionar. El Mundial no es únicamente deporte: es una industria global capaz de mover dinero, transformar ciudades y capturar atención política, mediática y económica durante meses.
En medio de esa maquinaria, hay una pregunta incómoda que el entusiasmo futbolero suele dejar fuera de cuadro: ¿qué pasa con las mujeres que practican profesionalmente el mismo deporte, pero siguen enfrentando salarios bajos, menor visibilidad y condiciones mucho más precarias?
Cristiano Ronaldo, considerado el futbolista mejor pagado del mundo, percibe alrededor de 275 millones de dólares anuales entre salario, bonos y contratos publicitarios. La cifra equivale a más de 750 mil dólares diarios.
La comparación con el fútbol practicado por mujeres deja ver el tamaño de la brecha. La futbolista mejor pagada del mundo ronda entre uno y dos millones de dólares al año, dependiendo de su club y acuerdos comerciales. En términos simples: el jugador mejor remunerado puede ganar en apenas dos o tres días lo que una futbolista de élite obtiene en un año completo.
La diferencia económica no es anecdótica. Refleja una estructura histórica de desigualdad dentro de un deporte que exige estándares similares de rendimiento, disciplina y exposición pública, pero distribuye recursos de forma profundamente desigual.
El argumento de “no generan lo mismo”
Cada vez que se abre la discusión sobre salarios en el fútbol femenil, aparece una explicación recurrente: el fútbol practicado por mujeres “no genera los mismos ingresos”. El argumento parece razonable hasta que se revisan las condiciones bajo las cuales ambos mercados fueron construidos.
El fútbol masculino lleva décadas consolidándose como un negocio global sostenido por inversión, derechos de televisión, patrocinadores, infraestructura, tiempo de pantalla y cobertura especializada. El femenil, en cambio, ha tenido que desarrollarse con menor inversión, menos exposición mediática y estructuras profesionales mucho más recientes.
Aun así, el crecimiento de las ligas femeniles ha sido constante. La asistencia a estadios ha aumentado, las audiencias televisivas crecen y cada vez más clubes apuestan por profesionalizar sus plantillas. Sin embargo, el desarrollo sigue ocurriendo bajo condiciones desiguales.
En muchos países, incluidas varias ligas latinoamericanas, futbolistas profesionales todavía enfrentan salarios insuficientes para dedicarse exclusivamente al deporte. Algunas combinan entrenamientos con otros empleos o dependen de patrocinios externos para sostener sus carreras.
La discusión, entonces, no pasa únicamente por cuánto dinero genera el fútbol femenil, sino por cuánto se ha decidido invertir en él.
El otro partido: la falta de visibilidad
La desigualdad tampoco se limita al salario; mientras el Mundial masculino monopoliza transmisiones, análisis deportivos y espacios de conversación, el fútbol femenil continúa enfrentando una cobertura mediática considerablemente menor.
Los partidos femeniles suelen recibir menos tiempo en televisión, menor difusión previa y menos análisis especializado. La diferencia no solo afecta la percepción pública del deporte, sino también su capacidad para atraer patrocinadores y fortalecer audiencias. En otras palabras, el fútbol femenil compite en un terreno donde todavía tiene menos visibilidad, menos recursos y menos espacio mediático.
Esa desigualdad también aparece en los premios económicos. Aunque la FIFA incrementó las bolsas destinadas al Mundial Femenil en los últimos años, las cantidades siguen estando muy por debajo de las destinadas al torneo masculino.
El contraste resulta difícil de ignorar: el mismo deporte, exigencias físicas comparables y niveles similares de presión competitiva, pero un reconocimiento económico radicalmente distinto.
Cuando el cuerpo pesa más que el conocimiento
El machismo en el fútbol tampoco opera solo desde lo económico. También atraviesa la forma en que las mujeres son observadas dentro de la industria deportiva.
Futbolistas, comentaristas y periodistas deportivas continúan enfrentando niveles de escrutinio que rara vez se aplican a los hombres.
La apariencia física de las mujeres en televisión deportiva sigue siendo objeto de conversación pública. Comentaristas y analistas deportivas han señalado durante años cómo su ropa, maquillaje o físico reciben más atención que sus opiniones o conocimiento técnico.
Mientras un comentarista hombre rara vez debe justificar su presencia en una mesa de análisis, muchas mujeres todavía enfrentan cuestionamientos sobre si realmente saben de fútbol o si llegaron al espacio por su imagen.
La hipersexualización también atraviesa a las jugadoras. En distintas coberturas mediáticas, el énfasis sobre su apariencia física continúa desplazando la conversación sobre rendimiento deportivo.
El resultado es un doble estándar persistente: a las futbolistas se les exige competir al máximo nivel, pero además deben responder a expectativas de feminidad y apariencia que no forman parte de las exigencias del deporte masculino.
El fútbol femenil crece, pero no en igualdad de condiciones
A pesar de esas barreras, el fútbol femenil ha mantenido un crecimiento sostenido. Las jugadoras han impulsado mejores contratos, ligas más profesionalizadas, mayor atención mediática y condiciones laborales menos precarias. También han contribuido a ampliar referentes deportivos para niñas y adolescentes que hoy encuentran modelos de representación antes inexistentes.
Sin embargo, el avance no ha eliminado la desigualdad estructural. Mientras el Mundial masculino mueve millones, concentra patrocinadores y convierte a sus estrellas en figuras globales, muchas futbolistas continúan enfrentando discusiones que para sus colegas hombres parecen resueltas desde hace décadas: salarios suficientes, estabilidad laboral, cobertura mediática constante y reconocimiento profesional.
La diferencia entre ambos mundos no se explica por falta de talento. Se explica, en gran medida, por cuánto valor histórico ha decidido asignarle el negocio del fútbol a quienes lo juegan siendo hombres y a quienes lo practican siendo mujeres.


