- La democracia en Colombia enfrenta una amenaza que no proviene de las armas, sino de una estructura de manipulación psicológica de alto nivel. La revelación del “Proyecto Júpiter” por parte de la Revista RAYA y Señal Investigativa pone al descubierto una operación orquestada por sectores del uribismo y élites empresariales para secuestrar el debate público mediante la fabricación industrial de miedo e incertidumbre.
Desde México, mirar lo que está pasando en Colombia con el llamado “Proyecto Júpiter” produce una sensación incómoda de déjà vu latinoamericano.
No porque los contextos políticos sean idénticos, sino porque la estrategia sí resulta familiar: instalar miedo, amplificar incertidumbre, intoxicar la conversación pública y convertir las emociones en herramienta electoral.
La diferencia es que esta vez alguien alcanzó a documentarlo antes de que ocurrieran las elecciones. La investigación publicada por la Revista RAYA y Señal Investigativa Colombia reveló la existencia de una operación política y comunicacional presuntamente impulsada desde sectores empresariales y cercanos al uribismo para influir en el clima electoral colombiano rumbo a las presidenciales del 31 de mayo. El nombre del plan: Proyecto Júpiter.
Proyecto Júpiter
De acuerdo con las investigaciones periodísticas, detrás de esta estrategia estaría el excanciller Jaime Bermúdez, exfuncionario del gobierno de Álvaro Uribe y hoy vinculado a algunas de las élites empresariales más poderosas de Colombia.
La investigación sostiene que el objetivo de Júpiter sería instalar narrativas de miedo, indignación e incertidumbre mediante campañas digitales, talleres empresariales y contenidos segmentados en redes sociales.
No es un tema menor. Y tampoco es únicamente colombiano. Porque lo verdaderamente inquietante del Proyecto Júpiter no es solo la posibilidad de una operación política coordinada.
Lo más grave es que expone algo mucho más profundo sobre América Latina: la normalización de las campañas emocionales basadas en miedo como forma legítima de disputar el poder.
Durante años, la conversación pública regional se acostumbró a hablar de fake news como si fueran únicamente información falsa circulando en Facebook o WhatsApp. Pero lo que muestran investigaciones como esta es algo mucho más sofisticado: operaciones narrativas completas donde empresarios, estrategas políticos, plataformas digitales, agencias, medios y líderes de opinión ayudan a moldear estados emocionales colectivos.
No se trata solamente de convencer. Se trata de producir ansiedad social. La propia investigación retoma declaraciones donde Bermúdez habría hablado de “provocar indignación, incertidumbre y miedo” como eje estratégico.
Y ahí aparece un punto clave que en México también conocemos demasiado bien: el miedo funciona políticamente porque reduce la complejidad. Convierte problemas estructurales en amenazas inmediatas. Simplifica enemigos.
Deshumaniza adversarios. Y sobre todo, produce una ciudadanía emocionalmente agotada que reacciona más rápido desde el temor que desde el análisis.
Eso ya ocurrió en Colombia durante el plebiscito por la paz en 2016, cuando años después se reconoció públicamente que la campaña del NO había apelado deliberadamente a la manipulación emocional. Hoy, casi una década más tarde, el fantasma vuelve a aparecer bajo otra forma, adaptado al ecosistema digital contemporáneo.
Y en medio de todo esto, otro elemento encendió todavía más la discusión pública: las menciones a La Silla Vacía, uno de los medios políticos más influyentes e importantes de Colombia.
Más allá de quién tenga razón en esta disputa específica, el debate abrió una conversación incómoda —y necesaria— sobre algo que atraviesa a casi todos los medios latinoamericanos: ¿Quién financia realmente la producción de información política?
¿Dónde termina el periodismo y dónde empiezan las redes de influencia empresarial, ideológica o partidista?
Son preguntas particularmente sensibles en un continente donde buena parte de los grandes medios históricamente han estado ligados a élites económicas y grupos de poder, aunque muchas veces el discurso de “independencia” solo se cuestione cuando el financiamiento proviene de sectores progresistas o públicos.
Por eso el escándalo alrededor del Proyecto Júpiter no trata únicamente sobre Colombia. También habla del momento político regional. Habla de derechas latinoamericanas que aprendieron a sofisticar sus estrategias digitales después de Trump, Bolsonaro y Milei.
Habla de campañas donde las emociones importan más que los programas políticos. Habla de empresarios que ya no solo financian candidatos, sino narrativas enteras. Y habla también de plataformas digitales convertidas en aceleradores perfectos para el miedo y la polarización.
En México, donde las campañas de desinformación, el uso político de redes sociales y la guerra digital llevan años formando parte de la conversación pública, el caso colombiano resuena especialmente fuerte. Porque el problema ya no es únicamente la mentira evidente.
El problema es la construcción constante de climas emocionales donde todo parece estar al borde del colapso.
Ese estado permanente de ansiedad colectiva termina siendo profundamente funcional para ciertos proyectos políticos. Y quizá ahí está la discusión más importante que deja el Proyecto Júpiter: entender que hoy la disputa democrática ya no solo ocurre en las urnas.
También ocurre en los algoritmos, en los grupos de WhatsApp, en los videos virales, en los medios, en las narrativas de crisis permanente y en la capacidad de ciertos sectores de convertir el miedo en una herramienta de organización política.
Porque cuando la política empieza a operar desde el pánico, lo que termina deteriorándose no es solo una elección. Es la posibilidad misma de imaginar una democracia fuera del miedo.
Paula Pissaco


