Anoche tardé varios minutos en abandonar el Estadio Azteca.
No porque creyera que el resultado fuera a cambiar.
Sino porque intuía que, al cruzar ese túnel, también terminaría algo más.
Nunca sabemos cuándo estamos viviendo una de las últimas veces.
La última caminata rumbo al estadio durante un Mundial.
El último himno.
El último partido de México.
La última conversación imaginando el siguiente rival.
La última vez que esa versión de nosotros existe.
Hicimos todo lo que estaba en nuestras manos.
Y aun así no controlábamos el resultado.
Quizá por eso el fútbol se parece tanto a la vida.
Vivimos convencidos de que el esfuerzo garantiza el desenlace. Que la preparación alcanza.
Que las buenas decisiones terminan imponiéndose. Queremos creer que existe una relación
proporcional entre lo que hacemos y lo que recibimos.
Pero el fútbol lleva más de un siglo recordándonos que no.
Ayer bastó un instante.
Una pelota que encontró un espacio donde normalmente no lo encuentra.
Un control apenas unos centímetros más largo de lo previsto.
Una carrera que llegó unas décimas de segundo tarde.
Una decisión tomada en una fracción de segundo.Durante más de noventa minutos un país entero empujó la misma historia.
Y, aun así, el fútbol encontró una manera distinta de escribir el final.
Hay derrotas que uno entiende.
Y hay derrotas que simplemente acepta.
Porque después de cierto punto el fútbol deja de parecer una ciencia y vuelve a parecerse a
la vida.
Durante las últimas semanas escribí sobre los límites de nuestros modelos y sobre la ilusión
contemporánea del control. Y ayer el fútbol volvió a recordarme por qué esos límites
existen.
Y, aun así, el partido sigue perteneciendo a un territorio donde los algoritmos no gobiernan.
No porque nuestros modelos sean malos.
Sino porque la realidad siempre será más grande que ellos.
Quizá esa sea la verdadera belleza del azar.
No aparece para castigar el esfuerzo.
Aparece para impedir que el desenlace deje de sorprendernos.
Porque si todo pudiera calcularse, optimizarse y predecirse, dejarían de existir las
remontadas improbables, Cabo Verde, las generaciones inolvidables y los Mundiales
capaces de detener un país entero.
El legado más importante de este Mundial quizá no haya sido deportivo. Quizá haya sido
social.
Durante un mes dejamos de preguntarnos quiénes éramos individualmente para recordar
quiénes podíamos ser juntos.
La pertenencia tampoco nace de un solo momento.
También es la suma de muchos pequeños momentos.
Un niño sobre los hombros de su padre.
Una familia reorganizando su semana alrededor de noventa minutos.
Una estación de Metro teñida de verde.Un desconocido abrazándote después de un gol.
Miles de personas caminando hacia el Azteca con la misma ilusión.
Una ciudad aprendiendo, durante unas semanas, a caminar al mismo ritmo.
Ninguna de esas escenas explica un Mundial.
Juntas, sí.
Quizá los Mundiales no sirven para resolver los problemas de un país.
Sirven para recordarle, de vez en cuando, que todavía puede sentirse un país.
El Mundial nunca fue solamente un torneo.
Fue un permiso colectivo para volver a sentir que pertenecíamos a algo más grande que
nosotros mismos.
Y eso también es una victoria.
Antes de despedirme de este Mundial quiero dar las gracias.
A esta generación de futbolistas, que volvió a conseguir que millones de mexicanos
organizaran su vida alrededor de noventa minutos.
A Javier Aguirre y a todo su cuerpo técnico.
Y a toda la gente que rodea a mi selección. En especial, a los auxiliares, a los analistas, al
jefe médico, al jefe de prensa, a la gente de operaciones, al preparador físico de fuerza y a
tantas personas que sostienen a esta selección desde lugares que casi nunca aparecen en la
fotografía.
Gracias.
También quiero dar las gracias a quienes caminaron este Mundial conmigo.
Sin proponérnoslo, cada partido terminó teniendo su propia convocatoria mundialista. Un
grupo distinto. Distintas historias. Distintas conversaciones. Distintas personas para
compartir noventa minutos que, sin saberlo, ya eran irrepetibles.
El partido contra República Checa lo viví con mi padre y con mi doctor.
Cuando comenzó el himno, los dos lloraban.
Yo solo pasaba saliva.Hay emociones para las que el cuerpo tampoco encuentra palabras.
Porque los Mundiales se recuerdan por los partidos.
Pero, sobre todo, por las personas con las que los vivimos.
Tuve la fortuna de acompañar a México en cada uno de sus partidos.
Y hoy entiendo que nunca estuve coleccionando boletos, estadios o acreditaciones.
Estaba coleccionando recuerdos.
Desde hace años mi vida también se mide en ciclos mundialistas.
Cada cuatro años recordamos dónde estábamos.
Con quién vimos aquel partido.
Quién seguía sentado a nuestro lado.
Y quién ya no.
Entre un Mundial y otro cambian los equipos.
Cambian los trabajos.
Cambian los afectos.
Cambian los sueños.
Y, casi sin darnos cuenta, también cambiamos nosotros.
Hay experiencias que uno sabe que no volverán a repetirse.
No porque el mundo deje de ofrecerlas.
Sino porque nosotros ya no seremos los mismos cuando regresen.
Nunca volveré a vivir un Mundial como éste.
No porque México no vuelva a organizar uno.
Sino porque yo nunca volveré a ser el mismo que entró al partido inaugural.
Hay cierres que uno decide.Otros simplemente llegan.
Y, a veces, ambos ocurren durante el mismo verano.
Los Mundiales también son eso.
Noventa minutos en la cancha.
Y toda una vida para llegar a ellos.
Dentro de unos días volveremos a nuestras rutinas.
Llegarán otras temporadas.
Otros proyectos.
Otros Mundiales.
Y otros mexicanos volverán a caminar rumbo al Azteca soñando exactamente lo mismo que
soñamos nosotros.
Ojalá vuelvan a sentir esta ilusión.
Ojalá descubran, como lo hicimos nosotros, que el fútbol puede ser mucho más que un
juego.
Porque al final no recordaremos cada resultado.
Recordaremos con quién vimos los partidos.
Qué sentimos al escuchar el himno.
Qué conversaciones tuvimos de regreso a casa.
Qué versión de nosotros mismos existía durante aquel verano.
Hicimos todo lo que estaba en nuestras manos.
Y aun así no controlábamos el resultado.
Quizá ésa sea la lección más bonita que puede dejarnos un Mundial.
Aceptar los límites.
Agradecer el camino.Y reconciliarnos con la incertidumbre.
Porque si hubiéramos podido controlar el desenlace, quizá nunca habríamos conocido el
privilegio del asombro.
Ni la alegría de pertenecer.
Ni la belleza de aquello que, precisamente porque es fugaz, termina acompañándonos para
siempre.
Vendrán suaves lluvias.
Créditos de fotografía: MILENIO

