- El combinado asiático no podrá establecerse en territorio estadounidense; deberá volar los días de partido y salir del país inmediatamente después; autoridades iraníes denuncian la negativa de visado a 15 miembros del staff y califican la medida como “injerencia política en su peor forma”
La selección nacional de fútbol de Irán ha llegado a México como antesala a su participación en la Copa Mundial de la FIFA 2026, en medio de una creciente tensión diplomática por las severas restricciones de visado impuestas por Estados Unidos. A pesar de haber clasificado al torneo como líder de su grupo desde marzo de 2025, el equipo enfrenta un panorama atípico y desgastante: aunque sus tres partidos de la Fase de Grupos están programados en territorio estadounidense, el plantel y su cuerpo técnico no podrán permanecer en dicho país durante el torneo.
De acuerdo con las autoridades iraníes, se les ha notificado que deberán volar a Estados Unidos exclusivamente los días de partido y abandonar el territorio inmediatamente al finalizar cada encuentro.
El diferendo logístico escaló rápidamente tras la denuncia de la federación iraní, la cual asegura que el gobierno estadounidense también negó visas a 15 funcionarios y miembros adicionales del personal de apoyo. Ante esta situación, un directivo del fútbol iraní condenó las restricciones, calificándolas de manera categórica como “la injerencia política en el deporte en su peor forma”. Esta postura refleja la frustración de una delegación que, además de enfrentar el rigor de la máxima justa futbolística, se verá obligada a realizar traslados transfronterizos constantes que limitan su capacidad organizativa.
La Copa del Mundo 2026, organizada de manera conjunta por Estados Unidos, México y Canadá, dará su silbatazo inicial el próximo 11 de junio. Sin embargo, este choque migratorio trasciende las canchas al enmarcarse en un contexto de tensiones geopolíticas agudizadas entre Irán, Estados Unidos e Israel. El caso de la escuadra iraní sienta un precedente complejo para el torneo y plantea serias interrogantes sobre el impacto directo que los conflictos internacionales y las barreras diplomáticas pueden ejercer sobre los eventos deportivos a nivel global.


