- Porque nos enseñan a celebrar el progreso, a aplaudir el avance, a romantizar el ‘salir adelante’. Pero nadie te advierte que puedes construirte durante meses… y perderlo en un solo día
Cuando volver a empezar también significa volver atrás.
Justo cuando creí que lo peor ya había pasado, la vida —con una calma casi cruel— decidió otro golpe.
Porque al parecer sobrevivir a un accidente, a un traumatismo cerebral, a dos meses de coma inducido, a cuatro neumonías y a meses enteros sin dormir no era el final de la historia. Era apenas el prólogo.
Un día, intentando caminar, el cuerpo simplemente cedió.
Y me caí.
El impacto fue seco, definitivo. Como si el mundo hubiera decidido apagarse un segundo antes de avisar.
Me fracturé el fémur. Justo en la cadera derecha.
No recuerdo haber sentido un frío así nunca. No el frío común, no el de una habitación o el de una noche larga. Era un frío que no venía de afuera, sino de adentro, como si el cuerpo entero hubiera entendido antes que yo que algo se había roto de nuevo.
El quirófano era otro planeta.
Luces blancas demasiado intensas. Voces amortiguadas. Manos que me acomodaban como si ya no fuera del todo una persona, sino un procedimiento.
Y entonces la anestesia.
La aguja entrando en mi columna.
Ese instante exacto en el que el tiempo deja de ser tiempo y se convierte en una cuenta regresiva silenciosa. Minutos que se deshacen uno a uno hasta que ya no hay nada que sostener.
Y después… nada.
Un vacío limpio. Sin sueños. Sin dolor. Sin mí.
Hasta despertar.
Cuando abrí los ojos, ya tenía una prótesis de doble movilidad. De esas que te explican con una mezcla rara de orgullo médico y naturalidad técnica, como si te estuvieran hablando de un dispositivo de lujo.
“De las más caras del mercado”, dijeron.
Y ahí estaba yo, recién operada, intentando procesar que ahora llevaba una pieza de alta ingeniería incrustada en la cadera.
Pensé, con una lucidez absurda:
Bueno… al menos lo más caro que voy a tener puesto en la vida es mi cadera.
Porque a estas alturas, el humor ya no era un recurso. Era supervivencia.
Reírse o desaparecer un poco.
Pero detrás del chiste había otra cosa. Algo más pesado. Más silencioso.
Todo lo que había logrado empezó a desmoronarse otra vez.
El sueño que por fin había regresado. La comunicación que apenas empezaba a reconstruirse. Los primeros movimientos, torpes pero míos. Cada avance había costado una cantidad indecente de esfuerzo, como si mi cuerpo cobrara intereses por cada milímetro recuperado.
Y de pronto: otra cama.
Otra inmovilidad.
Otra dependencia.
Otra vez el inicio.
Hay una parte de la recuperación que casi nadie cuenta. La que no es épica. La que no inspira. La que no cabe en frases bonitas.
La recaída.
Porque nos enseñan a celebrar el progreso, a aplaudir el avance, a romantizar el “salir adelante”. Pero nadie te advierte que puedes construirte durante meses… y perderlo en un solo día.
Y eso no sólo duele.
Te desarma.
Hubo momentos en los que pensé que mi cuerpo estaba cansado de mí. Y, siendo honesta, yo también estaba cansada de él.
Pero hay algo que todavía no he aprendido a hacer: rendirme.
Quizá porque después de todo lo que pasó, rendirse sería una forma de traicionar a la versión de mí que se quedó dos meses dormida peleando por no irse del todo.
Así que sigo.
A veces avanzo un centímetro.
A veces retrocedo diez.
A veces el logro del día es simplemente no romperme por dentro.
Pero sigo.
Y entonces aparece Fefe, mi mejor amiga, con esa honestidad brutal que sólo existe entre quienes te han visto caer sin filtros:
“De todas las personas que conozco, sólo tú soportarías esto”.
No sé si eso es un cumplido.
Pero quiero creer que sí.
Quizá esta es mi historia hasta ahora: no la de alguien a quien la vida le fue suave, sino la de alguien que, cada vez que parecía que ya no podía más, encontró —a veces a la fuerza, a veces con rabia, a veces con una terquedad casi ridícula— la manera de seguir aquí.
Y mientras pueda escribirlo, todavía no he terminado.

