La imagen que necesitábamos

La imagen que necesitábamos

Dr. Shenka con una camiseta de Palestino.

En Washington, frente a un pequeño escritorio de madera, Panteón Rococó acaba de tocar para Tiny Desk, la serie de conciertos de NPR que lleva a músicos de todo el mundo a tocar en un espacio de oficina, lejos de los escenarios habituales.

Quizá no exista una forma más sencilla de explicar algo que hemos ido perdiendo.

No hablo de Palestina. Tampoco de aquella banda chilanga. Hablo de algo anterior: la posibilidad de que todavía se note que alguien cree en algo.

Hay algo cada vez más extraño en nuestra relación con las convicciones. Las tenemos, pero aprendimos a administrarlas. Las expresamos después de calcular sus consecuencias. Las mostramos cuando sabemos que serán celebradas y las escondemos cuando sospechamos que pueden complicarnos la vida.

Hemos convertido la opinión en una cuestión de estrategia.

No es difícil entender por qué. Nunca habíamos estado tan expuestos. Nunca había sido tan sencillo encontrar una fotografía, una frase o una posición y separarla de su contexto para convertirla en otra cosa. La reputación se volvió un activo y, como todos los activos, comenzó a administrarse.

La prudencia dejó de ser una virtud entre otras y se convirtió en una tecnología.

Y quizá fuimos un paso más allá: aprendimos a administrarnos.

La neutralidad se volvió una forma sofisticada de supervivencia.

Tal vez no hemos dejado de creer. Tal vez simplemente nos hemos vuelto demasiado buenos para que se note.

Y entonces aparece aquella habitación.

Un espacio impecable, institucional, casi aséptico. Y, en principio, no parece un lugar hecho para decir demasiado.

Pero ahí estaban.

Había camisetas. Había canciones. Había símbolos. Había palabras.

Y entonces sonó “1993…”

“En la mañana en que tú te fuiste, salió mi vida por la ventana…”

Había migración. Había Palestina. Había fascismo. Había desaparecidos. Había México.

Y había música.

Todo junto.

Sin pedirle a cada cosa que ocupara su propio compartimento.

Parecía posible entrar a una habitación sin separar la música de la política, México de la memoria, la identidad de la protesta, la belleza de la incomodidad.

Entrar completo.

Quizá ahí está la diferencia entre tener una posición y tener una convicción.

Una posición puede ser una frase.

Una convicción termina apareciendo en alguna parte de nuestra vida.

En lo que hacemos. En lo que defendemos. En aquello a lo que decidimos ponerle nuestro nombre.

Hemos desarrollado una obsesión por separar las cosas. La política de la cultura. La identidad de la profesión. Los valores de los negocios. Las convicciones de la vida cotidiana.

Pero las personas no somos neutras.

Las sociedades tampoco.

Quizá el problema empieza cuando esa separación deja de ser una decisión y se convierte en una forma de vida.

Y quizá aquí haya algo todavía más incómodo: no toda neutralidad nace del miedo.

A veces simplemente dejamos de sentir que algo nos corresponde.

No todo silencio es prudencia.

A veces es indiferencia.

Y hay algo melancólico en eso.

No porque antes fuéramos más valientes. No lo sabemos.

Sino porque quizá estamos empezando a olvidar cómo se veía una persona cuando aquello que pensaba y aquello que hacía todavía podían reconocerse como la misma cosa.

Hemos aprendido a construir versiones de nosotros mismos.

Versiones profesionales. Versiones públicas. Versiones digitales. Versiones aceptables.

Quizá una parte de la modernidad consiste precisamente en eso: aprender a vivir entre versiones.

El problema aparece cuando ninguna de ellas termina siendo completamente nuestra.

Podemos pensar una cosa, hacer otra y mostrar una tercera.

Podemos entrar a una habitación siendo alguien distinto de quien fuimos en la anterior.

Pero llega un momento en que ya no sabemos si estamos protegiendo nuestra identidad o administrando su apariencia.

¿Cuánto de ti queda afuera cada vez que entras?

Y quizá por eso importa que el arte todavía pueda hacer algo tan sencillo como incomodar.

No porque el arte tenga que ser político.

No porque una canción tenga que convertirse en consigna.

Sino porque también existe el derecho a que una canción recuerde. A que una obra incomode. A que una banda proteste. A que una expresión cultural pueda decir, sin demasiadas explicaciones, esto me importa.

Que pueda llevar sus contradicciones, sus heridas, sus ideas y sus preguntas al mismo lugar donde lleva su música.

Una identidad verdadera tiene bordes.

Una idea puede incomodar.

Una causa puede dividir.

Una canción puede hablar de una persona y terminar hablando de miles.

Y no todo aquello que importa necesita ser previamente convertido en una posición conveniente.

Quizá hemos aprendido demasiado bien a protegernos de las consecuencias de que esas ideas formen parte visible de nosotros.

Panteón Rococó se plantó ahí a porta gayola. Una banda entera, de frente, sin dejar nada afuera.

La de alguien que todavía parecía dispuesto a entrar completo a una habitación.

Y quizá eso también importe cuando aparece alguien a quien queremos dejar entrar.

Cuando ya no queremos dejar nada en el pasillo.

Y quizá ésa sea la imagen que necesitábamos.

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