Guerras Santas y otros eventos escatológicos

  • La antesala de una guerra santa, un preludio apocalíptico que bien podría ser el conflicto más “místico” y letal de nuestra era. | Maximiliano Pineda

En las últimas semanas, cuadros oficiales del Pentágono han lanzado una retórica abiertamente religiosa. Por ejemplo, durante un servicio evangélico retransmitido desde el Pentágono, el Secretario de Defensa Pete Hegseth oró por una “violencia abrumadora contra quienes no merecen misericordia”, invocando versículos bíblicos: “Perseguí a mis enemigos y no retrocedí hasta que fueron consumidos” y pidiendo a los estadounidenses que rezaran “en el nombre de Jesucristo” por las tropas.

La prensa destaca que Hegseth no ha afirmado textualmente que la guerra con Irán sea parte de una profecía bíblica. Sin embargo, diversos mandos militares bajo su dirección han expuesto el combate en términos apocalípticos: soldados denunciaron que oficiales les dijeron que el conflicto con Irán es “parte del plan divino de Dios”, mencionando el Apocalipsis y el inminente regreso de Jesús. Incluso se llegó a decir que Trump estaría “ungido por Jesús para encender el fuego señalizador en Irán, provocar Armagedón y acelerar el retorno del Mesías del Nuevo Testamento”.

En ese mismo renglón, un reportaje en La Vanguardia (citando a la Associated Press) subraya que Hegseth presenta a EE. UU. como “una nación cristiana que busca derrotar a sus enemigos” y llegó a implorar castigo divino contra los “enemigos” del país. Algunos supuestos portavoces militares incluso plantean el despliegue de fuerzas militares en territorio iraní como una oportunidad para precipitar el Armagedón. Como observa la AP, aunque Hegseth no haya profetizado directamente el fin del mundo, su culto personal ha alentado una retórica bélica sagrada, comportándose como si fuera un caballero de las Cruzadas, rezando a Jesús por las tropas, además de literalmente defender las Cruzadas medievales. El hecho es que en círculos cercanos al Pentágono se promueve la idea de una misión divina; esto explicaría por qué se enfatiza que maldecir a Israel es pecado capital (interpretando literalmente Génesis 12:3) y por qué se invoca a la Biblia para legitimar acciones militares actuales.

El sionismo mesiánico de Netanyahu y el Gran Israel

En Israel, la actual administración de Benjamin Netanyahu comparte visiones expansionistas de tintes mesiánicos. La idea de un “Gran Israel” que abarque amplios territorios bíblicos ha ganado terreno político. Un análisis de Mundo Abierto explica que el gobierno de Netanyahu está comprometido con el Gran Israel o Tierra Prometida descrita en la Biblia, algo que la ultraderecha identifica con el dominio sobre toda la “tierra de Israel” (que, según su interpretación bíblica, incluiría Cisjordania, Jerusalén Este, el Golán e incluso partes de Siria, Líbano, Jordania, Arabia Saudita e Irak). En la práctica, Israel ya consolidó conquistas militares importantes: ganó territorio en 1948, anexó Cisjordania y ahora trata con Gaza desde 1967 (y ocupó el Sinaí y los Altos del Golán, aunque el Sinaí fue devuelto a Egipto en 1982). Desde entonces ha continuado expandiéndose en violación del derecho internacional, ocupando parte de Siria y manteniendo asentamientos en territorios palestinos. Incluso figuras políticas moderadas admiten el argumento bíblico: en una reciente entrevista, el embajador cristiano sionista Mike Huckabee (actual representante de EE. UU. en Israel) declaró que “estaría bien que Israel se la apropiara toda” —refiriéndose a las tierras entre el Nilo y el Éufrates— y el opositor Yair Lapid afirmó que “El sionismo se basa en la Biblia, las fronteras son las fronteras de la Biblia”. En suma, hay un consenso en el gobierno y en sectores religiosos de que la expansión territorial se justifica por promesas divinas.

Este nacionalismo mesiánico judío incluye profecías particulares: la tradición bíblica (Ezequiel 38–39) habla de una batalla climática de Gog y Magog donde el Mesías judío derrotará a las naciones enemigas. A diferencia de la expectativa cristiana de Jesús, el “Mesías” judío es otra figura, pero en ambos casos se trata de escenarios apocalípticos. La concepción de Gog y Magog sugiere que el Estado de Israel debe resistir ataques de una coalición de países enemigos para que llegue la Era Mesiánica. Esto, en la práctica, relativiza conflictos con “todas las naciones” hostiles, pues se enmarcan como parte del relato escatológico. En este contexto, la ofensiva israelí actual (Gaza, Líbano, etc.) aparece en su propia propaganda como un paso hacia esa consumación religiosa. No es de extrañar que desde el gabinete israelí se tomen a la ligera las acusaciones de “expansionismo”; como señala Mundo Abierto, a pesar de la brutalidad exhibida, Netanyahu ha salido casi indemne hasta ahora, al punto de que “siente que puede hacer lo que desee… amenazar a todos sus vecinos con deglutirlos en un Gran Israel”. Esta retórica triunfalista —y el apoyo de aliados en la Casa Blanca— refuerzan la imagen de una guerra con motivos sagrados en el bando israelí.

Irán: profecías opuestas y la última resistencia

En Irán, los líderes religiosos adoptan una actitud diametralmente opuesta: se posicionan a la espera de la invasión como momento apocalíptico propio. Aunque el ayatolá Ali Khamenei recientemente proclamó que el “sistema estadounidense está en declive… un imperio que camina hacia el colapso”, son sus lugartenientes quienes describen con frialdad la inminente guerra. El secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Ali Larijani, advirtió que las “leales fuerzas de los imanes Jomeini y Jamenei están esperando para avergonzar a esos corruptos oficiales estadounidenses, matando y capturando miles” si intentan pisar suelo iraní. El ministro de Exteriores Abbas Araghchi secundó: “No, estamos esperándolos; un ataque terrestre sería un gran desastre para las tropas de EE. UU.”. El mensaje es claro: Irán no buscará tregua, sino revancha.

Estos anuncios del liderazgo iraní han sido acompañados por análisis externos que coinciden en que una invasión militar terrestre es la peor estrategia posible para EE. UU. Al Gharib, el suroeste remoto e irregular de Irán, ha demostrado históricamente resistir ocupaciones extranjeras; como observó un comentarista en Asia Times, una invasión directa “es una empresa suicida” que podría marcar el principio del fin del poder estadounidense en la región (evocando el fracaso de las guerras de Vietnam o Afganistán y “el fin del imperio” norteamericano). No obstante, en EE. UU. algunos han deslizado la posibilidad de “boots on the ground”, y en círculos radicales de Irán hasta se menciona que ese será “el último día” de EE. UU. Aunque no hay cita textual de Khamenei deseando esa invasión, su retórica de victoria inminente ha servido a comentaristas para vaticinar que cualquier desembarco militar norteamericano terminaría en catástrofe imperial.

Guerras pasadas vs el presente: ¿trasfondo divino?

Otros conflictos con etiqueta de “guerra santa” han existido (las cruzadas medievales, algunos levantamientos, etc.), pero estos eran explicados explícitamente en términos religiosos. Por el contrario, en los últimos años ninguna gran guerra entre potencias se ha lanzado oficialmente como un mandato del más allá. A la inversa, el discurso sobre Irán destaca por mezclar banderas con versículos bíblicos y profecías apocalípticas. Si en siglos pasados se luchó mucho por economía o esclavos (verdadero motor en muchos casos), hoy no hay consenso claro sobre los motivos económicos o estratégicos que impulsen este conflicto. La impresión que queda es que el conflicto se maneja como un enfrentamiento de creencias.

En definitiva, todos estos elementos apuntan a un alarmante fenómeno: la guerra entre EE. UU. e Irán está revestida de un trasfondo teológico sin parangón reciente. Líderes militares estadounidenses la presentan como parte de un plan divino para acelerar la llegada de Cristo; Israel ve en ella un peldaño del “Gran Israel” bíblico; Irán la afronta como el combate final que consolidará su profecía mesianista (no cristiana). Quizá por todo esto muchos opinan que vivimos la antesala de una guerra santa, un preludio apocalíptico que bien podría ser el conflicto más “místico” y letal de nuestra era.

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