La escena parecía conocida: una decisión arbitral cerrada, un equipo que se siente afectado y una discusión que escala en segundos. Esta vez, el partido entre Pumas y Mazatlán en la Jornada 14 del Clausura 2026 tuvo un ingrediente que lo cambió todo: la árbitra era Katia Itzel García y la polémica se resolvió antes de que existieran todos los elementos para entenderla.
El momento clave ocurrió en los últimos segundos del primer tiempo. Mazatlán recuperó el balón en una jugada que prometía peligro frente al arco de Pumas, mientras el tiempo agregado ya se había cumplido. Katia Itzel marcó el final. La reacción fue inmediata y categórica. La decisión se leyó como error y la narrativa se instaló sin matices en transmisiones, análisis y redes sociales. No hubo duda: se equivocó.
El video completo llegó después. Un encuadre más amplio permitió ver lo que no se había mostrado en la transmisión inicial: la árbitra ya había señalado el final del primer tiempo antes de que el balón cambiara de posesión. La decisión no solo era válida, estaba correctamente aplicada según el reglamento. La evidencia técnica corrigió la jugada, pero no la reacción.Ese desfase es el punto.
Porque lo que se activó no fue únicamente una discusión arbitral, sino una forma de mirar. En el fútbol mexicano, donde la autoridad en cancha ha sido históricamente masculina, la presencia de una mujer no solo se observa: se evalúa bajo sospecha. La equivocación no necesita comprobarse, se asume. La revisión llega después, cuando ya se instaló el juicio.
La escena en cancha terminó de tensar el contexto. El director técnico de Mazatlán, Sergio Bueno, ingresó al campo para reclamar la decisión y fue expulsado. Más tarde, una frase atribuida al entrenador —“ahora resulta que una mujer quiere venir a demostrar que tiene huevos”— condensó en una sola línea una lógica que no es excepcional, sino estructural. La autoridad femenina no se discute únicamente por lo que hace, sino por el hecho de ejercerla.
Katia Itzel ha sido clara frente a ese tipo de cuestionamientos. En entrevista con FOX Gol Femenil, sostuvo: “El arbitraje no es cuestión de género, sino de capacidades”. La frase no busca neutralidad, apunta a una distorsión evidente. La propia árbitra lo planteó con mayor precisión: si los errores de una mujer se juzgan bajo los mismos criterios que los de sus colegas hombres, o si, como ella misma cuestiona, “vale más un error de una árbitra, por ser árbitra y por ser mujer”.
La discusión también expone una asimetría institucional. Katia Itzel podría ser sancionada por sus declaraciones, bajo un reglamento que limita lo que los árbitros pueden decir públicamente. Al mismo tiempo, las expresiones con carga machista forman parte del paisaje habitual del fútbol sin consecuencias proporcionales. La regulación aparece con claridad en el discurso. En la práctica, se diluye.
El momento en el que ocurre esta polémica no es menor. Katia Itzel García, egresada de la UNAM, ya fue designada por la FIFA como árbitra central para la Copa Mundial de 2026. Será la primera mujer mexicana en hacerlo en un Mundial varonil. No se trata solo de un logro individual, sino de una ruptura en una estructura que durante décadas excluyó a las mujeres de ese espacio.
Esa condición de pionera no la protege, la expone. Cada decisión se vuelve ejemplar, cada error potencial se amplifica y cada acierto necesita ser comprobado. No es solo arbitrar un partido, es sostener una legitimidad que no se concede de entrada.
La jugada quedó resuelta con el video. Lo que permanece es la forma en que se construyó la duda. En el fútbol hay tecnología para revisar decisiones. El VAR corrige lo que ocurre en la cancha. Lo que sigue sin corregirse es el reflejo automático de cuestionar a una mujer antes de mirar la repetición.
Paula Pissaco


