- El juicio entre Elon Musk y Sam Altman destapó traiciones, amenazas y secretos de OpenAI; Musk acusa a Altman de convertir una fundación altruista en un imperio multimillonario, mientras exdirectivos revelan manipulación y caos interno
En el tribunal federal de Oakland, California, se está librando la batalla corporativa más salvaje de la década. De un lado está Elon Musk, el hombre más rico del planeta y dueño de empresas como Tesla y SpaceX. Del otro, Sam Altman, el cerebro comercial detrás de OpenAI y la inteligencia artificial que cambió al mundo: ChatGPT. Lo que debía ser un aburrido juicio sobre contratos se ha convertido en un espectáculo como de Hollywood, lleno de secretos íntimos, traiciones y ambición desmedida que está destruyendo la imagen de salvadores de la humanidad que ambos intentaban vender.
Para entender el pleito, un poco de contexto: OpenAI nació en 2015 como una fundación benéfica, financiada con 38 millones de dólares del propio Musk, con la promesa de crear tecnología gratuita para el bien común. Sin embargo, desarrollar inteligencia artificial ha demostrad ser muy caro. En los últimos 11 años, Altman transformó esta fundación en un imperio empresarial valorado en 850,000 millones de dólares, aliándose con Microsoft.
Musk, sintiéndose traicionado (y furioso tras haber perdido el control de la empresa), demandó a Altman por 150 mil millones, acusándolo de robarse una organización benéfica para hacerse rico. Altman, por su parte, jura que Musk solo es un competidor celoso que abandonó el barco cuando no le dejaron ser el jefe absoluto.
Pero el verdadero espectáculo está en el chisme y las pruebas presentadas ante la jueza. Los abogados de Musk leyeron en pleno tribunal el diario íntimo de Greg Brockman, presidente de OpenAI. En él, Brockman confesaba en 2017 su desesperación por escapar de Musk y reflexionaba sobre cómo le gustaría ganar miles de millones, sepultando la imagen de que solo les importaba la ciencia sin lucro. También salió a la luz que Musk envió mensajes de texto amenazantes días antes del juicio, advirtiendo a sus exsocios: Para el fin de semana, serán los hombres más odiados de Estados Unidos.
Por si fuera poco, el caos interno de OpenAI quedó expuesto cuando la exdirectora de tecnología, Mira Murati, testificó contra su exjefe. Bajo juramento, declaró que Sam Altman es un líder manipulador, que sembraba la desconfianza, creaba un ambiente tóxico y que, peor aún, mentía sobre los protocolos de seguridad de la inteligencia artificial. A esto se suma el drama de Shivon Zilis, una ejecutiva que estaba en la junta de consejo de OpenAI mientras, en secreto, tenía una relación sentimental con Elon Musk, con quien tuvo cuatro hijos, levantando serias sospechas de espionaje corporativo y conflictos de interés.
Las represalias de este juicio son gigantescas. Si Musk gana, el modelo de negocio de OpenAI colapsará; tendrían que devolver fortunas, perderían su alianza millonaria con Microsoft y su salida a la bolsa de valores se cancelaría, dejando la puerta abierta para que Musk domine el mercado con su propia inteligencia artificial (xAI).
Por el contrario, si Sam Altman gana y la corte le da la razón, OpenAI tendrá vía libre para convertirse en la empresa más poderosa de la historia. Sin embargo, aunque ganen el juicio, su reputación está manchada para siempre. El mundo entero, y las autoridades reguladoras han visto que detrás de la inteligencia artificial no hay un grupo de altruismo, sino un club de empresarios dispuestos a eliminarse jurídicamente unos a otros por el control de la tecnología del futuro.


