Un estudiante de 19 años apuñaló en el ojo a una compañera dentro de la Facultad de Medicina en Uruguay. El ataque vuelve a poner sobre la mesa una discusión que también atraviesa a las universidades mexicanas: cuánto deben soportar las estudiantes antes de que la violencia contra ellas sea considerada una alerta.
Un estudiante de 19 años atacó con un cuchillo a una compañera de la misma edad dentro del anexo de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República, en Montevideo, el 1 de septiembre. La joven sufrió múltiples heridas, entre ellas lesiones profundas en el ojo izquierdo y una fractura en un brazo. Permanece internada y estable. La investigación se desarrolla bajo la hipótesis de tentativa de femicidio.
El ataque ocurrió dentro de la universidad y fueron personas que se encontraban en el lugar quienes intervinieron para detener al agresor antes de que llegara la Policía. Las clases fueron suspendidas y el edificio tuvo que ser evacuado.
Sin embargo, conforme comenzaron a conocerse más detalles, la historia dejó de parecer un episodio repentino e inexplicable.
Testigos señalaron que el joven tenía conductas persecutorias hacia la estudiante y que existía una “obsesión” con ella. Después del ataque, además, un grupo de excompañeros de su antiguo liceo denunció públicamente que el joven habría protagonizado anteriormente episodios de violencia, acoso y amenazas contra otras alumnas.
¿Por qué la violencia machista termina convertida en un problema psicológico?
Después del ataque también apareció otra información. El padre del agresor señaló que su hijo padece esquizofrenia y el joven fue trasladado a una clínica psiquiátrica, donde permanece bajo atención y todavía no ha podido declarar ante la Justicia.
Su estado de salud mental es relevante para la investigación y deberá ser evaluado por especialistas. El problema aparece cuando un posible diagnóstico se convierte en la explicación total de una agresión contra una mujer y desplaza todo lo demás que rodeaba el caso.
Porque aquí también había una joven que había rechazado a un compañero, testimonios sobre comportamientos persecutorios y denuncias posteriores de otras mujeres que aseguran haber sufrido previamente conductas violentas por parte del mismo joven.
Reducir toda esa historia a la salud mental del agresor corre dos riesgos. El primero es borrar la dimensión de género de la violencia. El segundo es reforzar la idea falsa y estigmatizante de que padecer un trastorno mental convierte a una persona en violenta.
La pregunta, entonces, no es únicamente qué ocurría con el agresor. También es cuántas conductas de persecución, hostigamiento y rechazo a los límites de las mujeres pueden acumularse antes de que una institución las considere un problema serio.
Las universidades de México tampoco son espacios seguros para todas
El caso ocurrió a miles de kilómetros, pero la discusión no resulta ajena a México.
Una investigación de Sonia M. Frías publicada en 2026 en la Revista Mexicana de Sociología, basada en datos de la Endireh 2021 y testimonios de estudiantes, encontró que 19.5% de las universitarias experimentó acoso u hostigamiento sexual durante ese año. Apenas 12.5% de quienes lo vivieron buscó ayuda formal y sólo 10.4% presentó una denuncia o queja.
Las violencias tampoco se limitan a comentarios sexuales. El estudio encontró que 2.6% de las universitarias había sido perseguida o vigilada al salir de la universidad y 3.4% había sentido miedo de sufrir una agresión sexual. También documentó contactos físicos no deseados, coerción, abuso sexual y respuestas institucionales que no siempre protegieron adecuadamente a quienes denunciaron.
En la UNAM hay otro dato que muestra la dimensión del problema. Una revisión realizada por N+ identificó al menos 40 sentencias relacionadas con acoso y abuso sexual vinculadas con los cinco planteles del CCH durante la última década, tras revisar 733 asuntos judiciales que mencionaban alguno de esos colegios.
Por eso, discutir la seguridad de las estudiantes únicamente después de una agresión extrema es llegar tarde.
Las universidades deberían ser espacios donde las mujeres puedan estudiar, discutir, investigar, enamorarse, equivocarse y simplemente transitar sin tener que calcular quién las sigue, quién insiste después de un rechazo o qué ruta es más segura para volver a casa.
El ataque en Uruguay terminó con otros jóvenes interviniendo para detener al agresor. Pero la discusión más difícil empieza antes: qué hacemos cuando todavía no hay un cuchillo, pero sí hay acoso, persecución, amenazas o un hombre que considera que el “no” de una mujer es algo que puede seguir negociando.
Porque las estudiantes no deberían tener que esperar a que una violencia se vuelva brutal para que alguien decida tomarla en serio.


