Angela Davis y Gina Dent llegaron a la UNAM para hablar de feminismo, racismo, cárceles y abolición. Una protesta puso esos debates sobre el escenario, pero el “vato fuera” que se escuchó en el auditorio abrió otra discusión: ¿qué tanto conocemos realmente el feminismo de Davis?
Había gente formada desde las seis de la mañana para entrar a la Sala Miguel Covarrubias de la UNAM. Los 700 lugares se agotaron y tuvieron que habilitar espacios para seguir la transmisión. La expectativa tenía sentido: enfrente estaban Angela Davis y Gina Dent, dos de las voces más importantes del feminismo abolicionista contemporáneo.
Pero la conversación empezó antes de que ellas tomaran el micrófono. Un grupo de estudiantes subió al escenario para protestar contra la respuesta de la UNAM frente a distintas violencias y para nombrar a mujeres que murieron bajo custodia del Estado en el penal de Santa Martha Acatitla: Rosa, Vanesa, Viridiana, María Elena, Mónica, Valeria y Diana Laura.
La escena difícilmente podía ser más pertinente para una charla sobre abolición carcelaria. Davis pasó alrededor de 16 meses presa después de convertirse en una de las diez personas más buscadas por el FBI. Fue absuelta en 1972 y aquella experiencia atravesó buena parte de su pensamiento posterior sobre cárceles, racismo y violencia estatal. Hasta ahí, la protesta podía dialogar directamente con lo que había llevado a Davis y Dent a la universidad. Entonces se armó otro debate.
El “vato fuera” y Angela Davis en la UNAM
Entre quienes protestaban había un hombre. Desde una parte del auditorio comenzaron los reclamos: “¡vato fuera!” y “este no es tu espacio”. Durante el intercambio, una autoridad universitaria lanzó otra frase que recibió aplausos: “A mí ningún vato me va a decir qué hacer”.
Y aquí la cosa se pone interesante, porque la invitada era Angela Davis. Su feminismo nunca ha entendido la desigualdad como un partido de mujeres contra hombres. Davis viene de la tradición del feminismo negro que cuestionó duramente a cierto feminismo blanco por presentar la experiencia de algunas mujeres —principalmente blancas y de clase media— como si explicara la vida de todas.
Su análisis parte de algo bastante fácil de entender: una mujer puede vivir sexismo mientras también atraviesa racismo, pobreza, explotación laboral o violencia estatal. Un hombre puede beneficiarse del patriarcado y al mismo tiempo ser perseguido por un sistema racista. El poder no reparte credenciales sencillas de víctima y opresor.
Por eso Davis incluso estudió cómo el mito del “violador negro” fue utilizado históricamente en Estados Unidos para criminalizar y linchar a hombres afroamericanos bajo el argumento de proteger a las mujeres blancas. Vista desde ahí, la consigna “vato fuera” queda bastante corta.
El feminismo separatista blanco y una contradicción difícil de ignorar
El episodio también mostró una tensión que lleva años atravesando al movimiento feminista. Algunas corrientes separatistas plantean que las mujeres necesitan espacios políticos autónomos de los hombres y entienden la separación como una herramienta frente al poder masculino. En determinados feminismos blancos, esa lectura puede terminar reduciendo relaciones mucho más complejas a una sola frontera: hombres de un lado, mujeres del otro. Ese mapa no alcanza para explicar el mundo que analiza Davis.
Raza, género, clase, sexualidad, capitalismo y Estado aparecen conectados en su pensamiento porque las personas viven todas esas relaciones al mismo tiempo. De ahí también su insistencia histórica en construir alianzas entre movimientos feministas, antirracistas, obreros, queer y contra la violencia carcelaria.
Por eso resultó tan peculiar escuchar un “ningún vato me va a decir qué hacer” en un auditorio reunido precisamente para escucharla. No porque Davis crea que las mujeres deban aguantar que cualquier hombre les diga qué hacer. El punto es mucho más interesante: convertir el género de una persona en explicación suficiente de quién puede hablar, quién pertenece a una lucha o de qué lado del poder se encuentra reproduce una lectura que su obra lleva décadas complicando.
Gina Dent y la pregunta que va mucho más allá de las cárceles
Gina Dent también importa en esta historia. Académica de la Universidad de California en Santa Cruz, pareja de Davis desde hace más de tres décadas y una figura del pensamiento abolicionista por derecho propio, ha trabajado sobre feminismos negros, raza, cultura y sistema penitenciario.
Ambas llegaron a México para presentar Abolición, feminismo, ¡ahora! Hacia el fin del sistema carcelario, escrito junto con Erica R. Meiners y Beth E. Richie.
La propuesta abolicionista que defienden obliga a mirar una pregunta especialmente incómoda para el feminismo: después de décadas de policías, cárceles y penas más severas, los feminicidios, las violaciones y otras formas de violencia contra las mujeres siguen ocurriendo. Entonces, ¿qué condiciones permiten que esa violencia siga reproduciéndose?
Dent habló de salud, vivienda, educación, cuidados, prevención y redes comunitarias. Davis llevó la conversación al caso mexicano y planteó la necesidad de transformar la movilización contra los feminicidios en organización capaz de producir cambios.


