Durante años, la presencia de mujeres en el narcotráfico fue contada como anécdota: la novia del capo, la esposa leal, la amante rodeada de lujos. Hoy esa narrativa quedó corta. Cada vez más mujeres aparecen como operadoras, reclutadoras, sicarias y piezas clave dentro de grupos como el Cártel Jalisco Nueva Generación. Pero, lejos de una historia de “empoderamiento criminal”, lo que se revela es algo mucho más crudo: violencia sistemática que empuja a mujeres a sobrevivir dentro del infierno.
Uno de los casos que ayuda a entenderlo es el del Rancho Izaguirre, en Jalisco, señalado como centro de entrenamiento y control del CJNG. Ahí, jóvenes —muchas reclutadas por redes sociales con promesas de dinero fácil— eran sometidas a un régimen de terror: aislamiento, castigos físicos, humillaciones públicas y entrenamiento para matar.
Entre ellas estaba Néctar, quien ingresó a los 17 años después de ver una oferta en TikTok. Lo que encontró no fue un “trabajo”, sino un campo de adoctrinamiento donde hombres y mujeres eran despojados de su identidad, obligados a presenciar ejecuciones, desmembrar cuerpos y participar en rituales de violencia diseñados para quebrarlos psicológicamente.
Para las mujeres, además, la experiencia tenía una capa extra de control: vigilancia constante de su conducta, presión para demostrar resistencia física extrema y acoso por parte de compañeros cuando los mandos no miraban. La única “protección” era la disciplina brutal, no la dignidad.
Entre la supervivencia y la estructura del narco
Este contexto ayuda a entender por qué cada vez más mujeres aparecen armadas en operativos o liderando células criminales. No es una moda ni una elección libre en igualdad de condiciones. Es el resultado de reclutamiento forzado, pobreza estructural, abandono institucional y normalización de la violencia como única vía de supervivencia.
En estados como Tamaulipas, Jalisco y Michoacán, investigaciones periodísticas muestran que las mujeres ya no solo trasladan droga o lavan dinero: vigilan territorios, ejecutan órdenes, administran casas de seguridad y, en algunos casos, dirigen grupos completos cuando los hombres son detenidos o asesinados. El narco, como el patriarcado, se adapta.
Cuando faltan hombres, las organizaciones criminales no cuestionan el machismo: lo reciclan. Incorporan mujeres, pero dentro de una lógica de brutalidad que sigue siendo masculina en su estructura de poder. A ellas se les exige obediencia absoluta, resistencia al dolor y disposición para ejercer violencia sin margen de error.
Desde una mirada de género, esto no habla de igualdad, sino de cómo la violencia estructural va cerrando salidas hasta que el crimen organizado se convierte en una de las pocas puertas abiertas. En comunidades atravesadas por desempleo, desapariciones, feminicidios y ausencia del Estado, el narco ofrece dinero, pertenencia y protección —aunque el precio sea la vida—.
Muchas entran por una promesa económica. Otras, por coerción directa. Otras más, después de que una pareja, hermano o conocido las “recomienda”. Pero, una vez dentro, salir casi nunca es opción.
El testimonio de Néctar deja claro algo incómodo: el crimen organizado no solo explota cuerpos masculinos para la guerra, también consume cuerpos femeninos como fuerza de trabajo violenta, moldeándolos a golpes hasta convertirlos en piezas funcionales del sistema.
Y mientras en la cultura popular se romantiza a la “narca empoderada”, con armas y corridos, en la realidad lo que existe es una maquinaria que tritura personas jóvenes —sobre todo mujeres pobres— y las vuelve desechables.
