Mientras en Washington el presidente argentino Javier Milei cantaba Burning Love de Elvis Presley, sonreía junto al titular de la FIFA, Gianni Infantino, y compartía escenario con el primer ministro húngaro Viktor Orbán, en Argentina se aprobaba, entre protestas, cacerolazos y represión, una de las reformas laborales más regresivas de la región.
No fue solo una postal curiosa de política internacional. Fue una síntesis brutal del momento argentino: mientras el presidente proyecta protagonismo global y se muestra cómodo en foros de poder, puertas adentro avanza un ajuste profundo sobre los trabajadores.
Ese mismo día, Milei no solo cantó. En la reunión inaugural de la llamada “Junta de Paz” impulsada por Trump, ofreció tropas argentinas para operaciones de estabilización en Gaza, presentando a las fuerzas del país como parte activa de la estrategia internacional liderada por Estados Unidos. Liderazgo global afuera; recorte de derechos adentro.
En Buenos Aires, la Cámara de Diputados dio media sanción a la ley de “modernización laboral” con apoyo del oficialismo libertario, bloques aliados y sectores clave del peronismo provincial que aportaron quórum y votos decisivos. La reforma ya avanza hacia su aprobación final en el Senado.
Detrás del nombre amable, el contenido es claro: menos protección para quienes trabajan y más margen para las empresas. Entre los puntos centrales de la reforma se incluye una fuerte reducción de las indemnizaciones por despido. Ya no se tomarán en cuenta conceptos como aguinaldo, vacaciones, premios o propinas, y se impone un tope salarial que limita cuánto puede cobrar un trabajador al ser despedido. Además, incluso cuando hay sentencia judicial, las empresas podrán pagar en cuotas durante meses.
También se crean los llamados Fondos de Asistencia Laboral: mecanismos financiados por aportes empresariales que buscan abaratar todavía más los costos de despido. En la práctica, un sistema pensado para que echar trabajadores sea más barato y previsible para las compañías.
La jornada laboral, en lugar de acortarse —como ocurre en buena parte del mundo, donde se debate la semana de cuatro días o la reducción de horas sin pérdida salarial— podrá extenderse hasta 12 horas diarias bajo esquemas de “banco de horas”. Menos descanso, más flexibilidad para el empleador.
La reforma además habilita el fraccionamiento de vacaciones, debilita estatutos profesionales históricos y redefine sectores enteros del trabajo digital creando la figura del “repartidor independiente”, que deja a miles de trabajadores de plataformas sin relación laboral formal ni derechos asociados.
En paralelo, se restringe el derecho de huelga en sectores considerados esenciales —como educación— obligando a mantener hasta el 75% de actividad durante paros, y se priorizan acuerdos por empresa por sobre convenios colectivos nacionales, debilitando la negociación sindical.
Todo esto ocurrió mientras las calles estaban llenas. Paro general, cortes en accesos clave, movilizaciones frente al Congreso, protestas nocturnas y una respuesta estatal marcada por la represión. Aun así, la ley avanzó.
El episodio dejó otra vez al desnudo una dinámica conocida: cuando se trata de reformas estructurales que favorecen al capital, las diferencias partidarias se vuelven secundarias. El ajuste es libertario en el discurso, pero transversal en su ejecución.
El contraste con el escenario global no podría ser más fuerte. Mientras en Europa y otros países se discute cómo trabajar menos horas, mejorar la calidad de vida y repartir mejor el tiempo, Argentina avanza en sentido contrario: jornadas más largas, despidos más baratos y menos protección laboral. Y todo bajo una narrativa de modernización.
La imagen de Milei cantando en Washington y ofreciendo tropas al liderazgo de Trump no fue una anécdota simpática. Fue una postal política precisa. El presidente se muestra como actor global mientras en casa se desmontan derechos históricos en medio de protestas sociales. Show internacional arriba; reforma brutal abajo: dos escenarios distintos para una misma estrategia de poder.
