Primero fue Valeria Márquez, asesinada mientras realizaba una transmisión en vivo desde su estética en Zapopan. Esta semana fue César Gastélum, creador de contenido sinaloense, atacado mientras transmitía en vivo en las calles de Culiacán.
Son dos casos distintos, con investigaciones y contextos que no pueden equipararse. Pero ambos reflejan un fenómeno que empieza a repetirse con inquietante frecuencia: la violencia ya no solo se documenta, también ocurre frente a una audiencia.
Las plataformas digitales cambiaron la forma en que consumimos casi todo. También cambiaron la manera en que presenciamos un asesinato. Antes, el primer contacto con un crimen llegaba a través de una nota periodística o un reporte oficial. Hoy, muchas veces llega primero un video, un fragmento del live o un clip que el algoritmo comienza a recomendar incluso antes de que las autoridades expliquen qué ocurrió.
Y mientras millones de personas ven, comentan y comparten esas imágenes, las investigaciones apenas comienzan.
En el caso de Valeria Márquez, esa investigación acaba de dar uno de sus avances más importantes. A poco más de un año del feminicidio, la Fiscalía de Jalisco detuvo a Iván Martín “N”, señalado como presunto coautor material del crimen y acusado de haber participado antes, durante y después del ataque. Además, las autoridades mantienen abierta la línea de investigación que vincula el caso con una presunta estructura del crimen organizado y buscan a Ricardo Ruiz Velasco, alias “El Doble R”, identificado por el gobierno federal como presunto autor intelectual del feminicidio.
El caso de César Gastélum, en cambio, apenas empieza a reconstruirse. El influencer de 25 años fue asesinado mientras realizaba una transmisión en vivo en Culiacán. Hasta ahora no existe una versión oficial sobre el móvil del crimen, aunque el asesinato ocurre en un contexto de creciente violencia contra creadores de contenido en Sinaloa y de versiones que lo relacionan con el entorno de influencers que previamente habían sido amenazados por grupos criminales. Muchas de esas versiones, sin embargo, siguen siendo especulaciones y no han sido confirmadas por las autoridades.
Ahí aparece otro fenómeno que merece atención.
Los asesinatos transmitidos en vivo no solo cambian la forma en que circula la violencia; también cambian la forma en que la sociedad la consume.
En el caso de Valeria Márquez, durante días las redes sociales se llenaron de teorías sobre su vida personal, sus relaciones, su trabajo como influencer y cada segundo de la transmisión. Mucho antes de que existieran avances en la investigación, internet ya había construido decenas de versiones sobre lo ocurrido.
Con César Gastélum ocurrió algo similar, aunque con un foco distinto. En cuestión de horas comenzaron las especulaciones sobre sus posibles vínculos con otros influencers, sobre presuntas relaciones con grupos criminales e incluso sobre un parentesco con la influencer Ana Gastélum, una versión que hasta ahora no ha sido confirmada.
Las redes llenan los vacíos de información a una velocidad que ninguna investigación puede seguir.
Y los algoritmos hacen el resto.
Cada reproducción, cada clip editado, cada reacción y cada teoría prolongan la vida del crimen mucho después de que termina la transmisión. La violencia deja de ser únicamente un hecho que debe investigarse y empieza a convertirse también en contenido.
Quizá ese sea el cambio más profundo. Ya no basta con hablar de violencia en redes sociales. Hoy también tenemos asesinatos que nacen frente a una audiencia, algoritmos que amplifican el morbo y una conversación pública que muchas veces empieza antes que la justicia.


