LONDRES, 19 de febrero de 2026 – En una jornada que ha sacudido los cimientos de la monarquía británica, Andrew Mountbatten-Windsor, anteriormente conocido como el príncipe Andrés, fue puesto en libertad hoy tras permanecer poco menos de 11 horas bajo custodia policial.
El arresto se produjo a las 8:00 a.m. en su actual residencia de Sandringham, Norfolk. La detención, ejecutada por la policía de Thames Valley, se basa en sospechas de “mala conducta en el ejercicio de un cargo público”. Según documentos del Departamento de Justicia de EE. UU. filtrados recientemente, Andrés habría filtrado informes comerciales y gubernamentales confidenciales al fallecido delincuente sexual Jeffrey Epstein en 2010, mientras el entonces príncipe fungía como enviado especial de comercio del Reino Unido.

Los hechos clave:
- La detención: Por primera vez en casi cuatro siglos, un miembro de la familia real (aunque despojado de títulos) fue tratado como un ciudadano común, procesado con huellas dactilares y fotografía policial.
- El registro: Mientras Andrés permanecía en la comisaría de Aylsham, agentes realizaban registros en sus residencias de Norfolk y el Royal Lodge en Windsor.
- La liberación: A pesar de la gravedad de los cargos, que podrían conllevar cadena perpetua si se llega a juicio, fue liberado bajo la figura de “bajo investigación” (released under investigation). Esto significa que no hay cargos formales aún, pero el proceso sigue activo.
- La postura real: El Rey Carlos III emitió un breve comunicado afirmando que “la ley debe seguir su curso”, marcando una distancia glacial con su hermano.
La justicia “exprés” y el blindaje del privilegio
La imagen de Andrés saliendo de la comisaría en el asiento trasero de un vehículo oscuro, apenas unas horas después de su entrada, es una metáfora perfecta de la justicia moderna para la élite. Aunque el protocolo policial diga que “no hubo trato especial”, la realidad social cuenta una historia distinta.

¿Igualdad ante la ley o ilusión óptica?
El hecho de que un hombre acusado de utilizar su poder estatal para alimentar la red de un depredador sexual internacional recupere su libertad en menos de un ciclo solar resulta, cuando menos, provocador para el ciudadano promedio.
- El peso del poder blanco y sistémico: Para cualquier otra persona, especialmente si pertenece a una minoría o carece de recursos, una detención por “mala conducta en cargo público” suele ir acompañada de una estancia prolongada, fianzas impagables o una presión preventiva asfixiante. En cambio, para un hombre blanco que nació en una cuna de oro, los engranajes del sistema parecen estar aceitados con una mezcla de deferencia institucional y acceso a la mejor defensa legal que el dinero (o la familia) puede comprar.
- La puerta giratoria de la custodia: Mientras miles de personas esperan meses en prisión preventiva por delitos menores, Andrés regresa a la comodidad de una finca real antes de la hora de la cena. El sistema le otorga el beneficio de la duda y la presunción de inocencia de una forma que rara vez se extiende a los estratos más bajos de la sociedad.
En conclusión, aunque la detención se venda como un triunfo de la rendición de cuentas, su liberación inmediata subraya una verdad incómoda: el poder no borra el delito, pero sí amortigua el impacto del castigo. La ley podrá “seguir su curso”, pero para algunos, ese curso es una autopista despejada, mientras que para el resto es un camino lleno de obstáculos.
