A Roberto Hernández no lo mató un descuido al volante ni una mala maniobra en una avenida oscura de Iztapalapa. Lo mató una decisión sostenida durante varias calles, mientras su cuerpo era arrastrado por un automóvil que nunca se detuvo.
La noche del 3 de enero de 2026, Roberto circulaba en su motocicleta cuando fue impactado por detrás por un Honda City azul. El golpe lo lanzó contra el pavimento y lo dejó enganchado al vehículo, que siguió avanzando hasta que un tope lo liberó. Para entonces, ya estaba muerto.
Minutos después, cámaras de seguridad captaron a la conductora llegando con calma a su domicilio en Nezahualcóyotl, abriendo el zaguán y guardando el auto con el que había arrastrado a un hombre hasta matarlo. No hubo urgencia, ni confusión, ni pedido de ayuda. Solo la tranquilidad de quien cree que la violencia puede quedar en la calle, lejos de la casa.
El caso conmocionó no solo por la brutalidad del hecho, sino por un dato que se repitió en titulares casi como explicación implícita: la presunta responsable, Gabriela “N”, era enfermera. La profesión apareció subrayada una y otra vez, como si ese detalle volviera el crimen más incomprensible, más monstruoso, más digno de atención. En el fondo, no se trataba de información relevante para entender lo ocurrido, sino de una necesidad social de remarcar la contradicción moral: quien se dedica a cuidar comete un asesinato de esta magnitud.
Esa insistencia revela algo más profundo que el horror inmediato. Durante décadas hemos construido la idea de que el cuidado es una cualidad casi natural en las mujeres, no una práctica aprendida, compleja y atravesada por condiciones laborales, emocionales y sociales. Enfermeras, maestras, cuidadoras, madres: a todas se les asigna una expectativa de ternura, paciencia y contención que roza lo sagrado. Cuando alguna de ellas ejerce violencia, el golpe no es solo el crimen, sino la ruptura del mito.
Pero mientras subrayamos su oficio, dejamos en segundo plano lo esencial: una persona tomó la decisión de no frenar, de no auxiliar, de huir y de guardar el auto como si nada hubiera ocurrido.
Idealizamos a las mujeres que cuidan como figuras casi morales, no como personas complejas atravesadas por estrés, poder, enojo, miedo o desprecio por la vida ajena. Convertimos el cuidado en una virtud natural, no en un trabajo duro y humano, con luces y sombras. Y cuando esa fantasía se rompe, el caso se vuelve más escandaloso que la muerte misma.
Roberto Hernández no murió porque su agresora fuera enfermera. No murió por una anomalía moral. Murió porque alguien decidió seguir avanzando con un cuerpo enganchado al coche y, después, huir. Todo lo demás —el oficio, el género, la sorpresa social— son capas narrativas que intentan volver excepcional lo que, en realidad, forma parte de una violencia cotidiana profundamente normalizada.
gph
