Que el fútbol, lenguaje común, se convierta en lujo es una tristeza política: una fiesta que deja de pertenecernos. | Ricardo Bernal
El 2026 se abre como un año lleno de posibilidades: año nuevo, año mundialista, un nuevo comienzo. Abracadabras, cantaría Jorge Drexler con Julieta Venegas, porque el baile más importante estará en casa.
Será también el primer mundial organizado como un bloque: México, Estados Unidos y Canadá compartiendo sede. Un mundial trinacional, un T-MEC con balón, donde la pelota cruza fronteras con más facilidad que muchas personas.
México se prepara para vivir un mundial. Y un mundial no es solo fútbol: es un fenómeno social que mueve ciudades, emociones y economía.
Los boletos oficiales van, en fase de grupos, de 140 a 700 dólares —entre 2,500 y 12,000 pesos—, y en la inauguración en Ciudad de México, de más de 1,000 a 2,300 dólares: hasta 40,000 pesos por un asiento.
Solo entrar al estadio en la inauguración costará, al menos, 20,000 pesos: precio oficial, no reventa.
Hay boletos que cuestan lo mismo que el presupuesto mensual de un hogar. Ahí empieza la frontera.
La fiesta empieza a cercarse cuando el acceso se vuelve privilegio. Y entonces el pueblo —la gente que sostiene ciudades y también grita los goles— corre el riesgo de ser paisaje, no protagonista.
Que el fútbol, lenguaje común, se convierta en lujo es una tristeza política: una fiesta que deja de pertenecernos. Y duele más porque el mundial, para muchos, no es un evento: es una forma de medir el tiempo.
Yo también he vivido así, midiendo la vida en ciclos mundialistas: quién era, qué soñaba, a quién abrazaba en cada gol. Cada cuatro años algo se reinicia, como si el torneo abriera una grieta luminosa en la rutina y, por un instante, fuéramos un nosotros.
Por eso la exclusión no es solo económica: es simbólica. No se trata únicamente de quién puede pagar un asiento, sino de quién puede seguir sintiendo que esta celebración también es suya. Porque quedarse afuera no es solo no entrar al estadio: es escuchar el rugido de la multitud desde lejos, como quien escucha una fiesta desde la calle.
La selección mexicana, bajo el mando de Javier Aguirre, el mejor entrenador mexicano en la historia de nuestro fútbol, encara este mundial con la ilusión de jugar cinco, seis o más partidos. Porque el fútbol —como la vida en comunidad— es un sistema complejo: nadie gana solo. En cada encuentro se mide la capacidad de adaptarse, de aprender y de sostener el esfuerzo común cuando el cansancio ya no perdona.
Saludos a Pol Llorente, que sabe de qué hablo.
Que le vaya bien a México en el mundial, sí.
Pero que también sepamos mirar lo que se juega fuera del marcador: qué tan ancho es lo común que construimos, quiénes caben en la fiesta, quiénes quedan detrás de las vallas.
Seguir midiendo la vida en ciclos mundialistas, claro.
Pero aprender también que la utopía —como el fútbol— se juega en equipo. Porque un país no se mide solo por los goles que grita, sino por quiénes pueden gritar juntos.
En la cancha del mundo, todavía podemos soñar.
