La realidad que falta

  • En un mundo donde todo puede perfeccionarse, la verdad ya no se reconoce por su perfección, sino por sus grietas. | Ricardo Bernal

En una cultura capaz de fabricar perfección, lo perfecto empieza a parecer sospechoso.

Hace unos días vi una pequeña demostración de esa paradoja en un video de TikTok.

Un niño mostraba su colección de piedras y explicaba algo simple: las que tienen imperfecciones suelen ser las reales; las demasiado perfectas suelen ser sintéticas.

El influencer que estaba con él lo resumió mejor:

“Esto nos enseña mucho sobre la cultura pop”.

Corregimos las fotos antes de verlas.

Editamos las frases antes de pronunciarlas.

Ajustamos los sistemas para que el error desaparezca.

Queremos un mundo pulido, limpio, sin fricción.

Un mundo donde el error desaparezca y todo funcione como una simulación perfecta.

Pero ese mismo progreso produce una paradoja curiosa.

Cuando algo parece demasiado perfecto, aparece una sospecha silenciosa: quizá no sea real.

En una cultura capaz de fabricar perfección, lo perfecto deja de ser prueba de realidad.

Durante siglos pensamos que la perfección era señal de verdad.

Quizá el siglo XXI nos obligue a aprender lo contrario.

Las fotos demasiado perfectas parecen generadas.

Las vidas demasiado cuidadas parecen editadas.

Y algunos discursos empiezan a sonar como si los hubiera escrito un algoritmo.

¿Qué es lo que hace a un ser humano ser humano?

Me quedo pensando.

—Cantaría el maestro Jorge Drexler en ¿Hay alguien A.I.?

La realidad rara vez es perfectamente limpia.

Deja marcas.

Desviaciones.

Pequeñas imperfecciones que revelan proceso.

Señales de que algo estuvo realmente ahí.

Quizá por eso, en un mundo capaz de producir superficies impecables, las pequeñas imperfecciones empiezan a funcionar como señales de autenticidad.

Leonardo da Vinci decía que la simplicidad es la máxima sofisticación.

Tal vez hoy la verdadera sofisticación vuelva a parecerse menos a la perfección absoluta y más a esas pequeñas huellas del proceso.

Cuando las imágenes pueden generarse y las voces imitarse, lo artificial empieza a confundirse con lo real.

Esa misma intuición empieza a notarse incluso en la política.

En una era de discursos perfectamente calibrados, lo demasiado pulido a veces genera sospecha.

Quizá porque la perfección absoluta empieza a parecer menos humana que el error.

Y cuando lo impecable parece artificial, la confianza se vuelve más frágil.

Tal vez porque en un mundo donde todo puede perfeccionarse, la verdad ya no se reconoce por su perfección, sino por sus grietas.

Quizá estamos entrando en una época curiosa: una época en la que lo imperfecto empieza a parecer más creíble que lo perfecto.

Esa tensión entre perfección y realidad aparece también en otros lugares.

El deporte es uno de ellos.

Quienes trabajamos cerca del deporte profesional vemos esta paradoja todo el tiempo.

Es uno de los entornos más optimizados que existen.

Y aun así sigue siendo profundamente imperfecto.

A veces un rebote decide un campeonato.

Un error cambia una carrera.

Una fracción de segundo define una medalla.

Y muchas veces, el gol entra por azar. Y esos son los momentos que recordamos.

No los perfectos.

Los humanos.

Quizá porque en la imperfección también nos reconocemos.

En el error.

En la desviación.

En lo inesperado.

Hay algo profundamente humano en esos pequeños desajustes de la realidad.

En el deporte, la imperfección no es un defecto del sistema.

Es parte de su naturaleza.

Entre esas historias está Nuria Diosdado, capitana de las sirenas mexicanas: cuatro Juegos Olímpicos, seis medallas panamericanas y 18 oros centroamericanos. A lo largo de su carrera ha pasado más de cincuenta mil horas entrenando bajo el agua.

Desde aquí, también, reconocimiento y saludo a una figura del deporte mexicano que ha dedicado su vida a perseguir la precisión absoluta en un deporte que se parece al agua misma: parece perfecto, pero está lleno de corrientes invisibles.

Tal vez por eso aquella pequeña lección sobre piedras funciona también como metáfora cultural.

Y quizá por eso, cuando algo parece perfecto, empezamos a sospechar que ahí falta algo.

La realidad.

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