La noche del 28 de marzo debía ser una fiesta absoluta en la capital del país. El mítico Coloso de Santa Úrsula, ahora llamado Estadio Banorte, reabrió sus puertas presumiendo una inyección de 3 mil millones de pesos. Sin embargo, para las 81 mil 344 personas que abarrotaron las gradas, la experiencia fue un espejismo que colapsó desde la banqueta. El dinero, financiado en gran parte por bancos, está bajo el control de Emilio Azcárraga Jean, que preside el Grupo Ollamani, dueño del estadio, pero esa supuesta modernidad jamás llegó a la afición.
El cascarón prometía ser de primer mundo, pero la operación desnudó una logística desastrosa. El ingreso se convirtió en un embudo caótico: un cerco de 1.6 kilómetros exclusivamente peatonales (más de 25 minutos caminando —¿y las personas con discapacidades?), señalización confusa y filas interminables que dejaron a miles afuera incluso después del silbatazo inicial. Se reportó que los últimos aficionados se acomodaron en sus lugares hasta casi terminando el primer tiempo. Gente a la que le preguntamos, había llegado 15 minutos antes. El fallo de toda la vida del Azteca era el ingreso, ahora se acentuó más. Y si la excusa es que no hay estacionamiento, en las justas mundialistas tampoco lo habrá
Mientras en las afueras grupos de vecinos bloqueaban el Periférico protestando contra las obras, al interior la promesa tecnológica se desmoronó. ¿Dónde quedaron las mil 200 antenas Wi-Fi 6 de alta densidad que Ollamani presumió comprar? La red de internet brilló por su ausencia y el moderno sistema de cobro cashless colapsó por completo, obligando a los vendedores a improvisar cobrando (otra vez) en efectivo.
La mayor indignación, no obstante, estalló en las butacas, desnudando la negligencia arquitectónica. Aficionados que desembolsaron entre 5 y 12 mil pesos por asientos en las primeras filas se toparon con nuevas zonas de Hospitality (Tunnel Club, Super Seats) que bloqueaban casi en su totalidad la visibilidad hacia la cancha. “Pagué miles de pesos para no ver nada”, fue la queja viral de la noche. Los responsables directos de este rediseño fallido tienen nombre: la firma internacional Populous, comandada en México por el arquitecto David Lizárraga, y la constructora histórica ICA.
El cinismo coronó la velada. Félix Aguirre, Director General del inmueble, había declarado que estarían completamente preparados para entregar el mejor recinto de la Copa del Mundo. La realidad lo desmintió: el malestar térmico y estructural escaló hasta los palcos de prensa reubicados en las esquinas altas, donde figuras como Christian Martinoli denunciaron estar a punto de vomitar por el calor sofocante y la falta de aire acondicionado. Para colmo, la seguridad del estadio confiscó masivamente máscaras de lucha libre por órdenes de la FIFA, despojando a la afición incluso del folclor venial.
A este caos de infraestructura se sumó lo que rodó sobre el césped híbrido. En el plano deportivo, el choque entre México y Portugal ofreció un letárgico empate a cero. Mientras los lusitanos dominaban a medio gas, la Selección de Javier Aguirre se aferró a no perder, provocando que la afición despidiera a su equipo bajo una lluvia de abucheos al minuto 90.
Y como si la decepción logística no fuera suficiente, la crisis de seguridad manchó definitivamente la reapertura. A semanas del Mundial, el grito homofóbico regresó a las tribunas encendiendo las alertas de una posible sanción internacional a la Federación Mexicana de Futbol. Peor aún, la noche cerró en tragedia con la muerte de un aficionado tras caer en la zona de palcos. Un hecho que ya investiga la Fiscalía de la CDMX y que, según los reportes actuales, ocurrió cuando el aficionado —en estado de ebriedad— intentó saltarse del nivel 1 al nivel 2 para ahorrarse tiempo rumbo a los baños, resultando en una caída fatal.
México demostró anoche que tiene un estadio remodelado a medias. Azcárraga se escudó previamente diciendo: Yo no soy experto en construcción… al principio hubo mucha dificultad, pero es su empresa la que asume el riesgo financiero si la sede fracasa. Los pasillos, los baños y los túneles siguen en un estado precario; el estadio es inoperante en sus entrañas. Lo que definitivamente no está listo no es solamente el nivel de nuestra Selección, sino la logística de los accesos del primer estadio que jamás habrá visto tres copas del mundo, y a decir verdad, ni el comportamiento en las gradas, pues el grito homofóbico fue dirigido… ¡al propio arquero mexicano!
Arrojo una última advertencia a nivel nacional: si el diseño de flujos y visibilidad de Populous y David Lizárraga falló en la capital, el Estadio BBVA en Monterrey —que comparte exactamente al mismo autor intelectual— corre el grave riesgo de repetir el desastre.


