- Durante décadas el talento femenino siempre estuvo en la cancha. Lo que no existía eran las estructuras para verlo.
Hay momentos en los que la historia parece moverse apenas unos centímetros. Un desplazamiento mínimo, casi imperceptible, que sin embargo termina alterándolo todo. El liderazgo femenino en el siglo XXI podría ser uno de esos movimientos silenciosos.
No se trata solamente de ocupar espacios. Se trata de ampliar el horizonte de lo posible.
En México, por ejemplo, el hecho de que una científica formada en la escuela pública y doctora en física como Claudia Sheinbaum encabece hoy el país también altera la cartografía histórica del poder.
Algo así, quizá, como cantaría el genio David Aguilar: morra.
Una palabra sencilla que, dicha en el momento correcto, puede cambiar toda la escena.
No es un fenómeno aislado. En Europa, Ursula von der Leyen dirige una de las instituciones más influyentes del planeta y Christine Lagarde decide el precio del dinero para cientos de millones de personas.
En la industria automotriz, la presidenta y CEO de General Motors, Mary Barra, intenta algo que resume bien la transición de época: convertir a la compañía —una de las grandes catedrales industriales del siglo XX— en una empresa tecnológica, donde el automóvil ya no es solo un vehículo, sino una plataforma de software, datos y energía.
En las plantas de ensamblaje de Detroit, donde durante décadas dominó el ruido del acero y la combustión, hoy empiezan a discutirse baterías, sensores y líneas de código.
General Motors planea invertir más de 35 mil millones de dólares en electrificación y software. Las transformaciones profundas, casi siempre, empiezan a verse primero en los presupuestos.
Son historias poderosas.
Pero también son excepciones.
Las sociedades suelen narrar estos momentos como hitos: la primera presidenta, la primera directora, la primera entrenadora. Nos gustan las historias de pioneras.
Pero los sistemas rara vez cambian por una historia extraordinaria.
Las pioneras, en realidad, casi nunca transforman un sistema por sí solas. Más bien lo legitiman: prueban que algo es posible dentro de un orden que todavía permanece intacto.
Por eso estas historias son tan poderosas —y también tan cómodas—: permiten celebrar el cambio sin alterar todavía las estructuras que lo hicieron excepcional.
El fútbol —que suele distinguir muy bien entre excepción y estructura— ofrece un espejo interesante.
Durante décadas el ecosistema del fútbol fue un territorio casi exclusivamente masculino. Eso empezó a cambiar hace relativamente poco: hoy más de setenta países cuentan con ligas femeninas profesionales, y el último Mundial femenino superó los dos mil millones de espectadores acumulados.
También en México empiezan a verse esos desplazamientos. Mariana Gutiérrez dirige hoy la Liga MX Femenil: el cambio empieza a asomarse en la gobernanza del juego. Eva Espejo, directiva y primera entrenadora campeona en la historia de la Liga MX Femenil, representa ese liderazgo que se abre paso desde la cancha. Y Lucía Mijares, mexicana que trabaja en programas de desarrollo del fútbol femenino en la FIFA, muestra otra dimensión del cambio: la construcción de un ecosistema internacional para el juego.
Tres trayectorias distintas —y desde aquí un saludo— que dicen mucho sobre hacia dónde empieza a moverse el fútbol.
Durante décadas el talento femenino siempre estuvo en la cancha. Lo que no existía eran las estructuras para verlo.
Los sistemas funcionan así.
Primero aparecen las excepciones.
Luego cambian las condiciones.
Y solo entonces cambian los números.
Ese día el cambio deja de ser una historia extraordinaria.
Y empieza a aparecer —silenciosamente— en el único lugar donde los sistemas realmente cambian: la estadística.
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