¿Quién revisa los Airbnb? Joven colombiana murió en uno de CDMX

Nataly Osma, colombiana de 29 años, murió en un Airbnb en CDMX. La investigación apunta a monóxido de carbono y abre una pregunta: ¿quién revisa estos alojamientos?

Reservar, pagar, recibir un código y entrar. Rentar un departamento por unos días se volvió tan cotidiano que pocas veces nos preguntamos quién revisó antes la instalación de gas, cuándo recibió mantenimiento el calentador o si existe un detector capaz de avisarnos de un peligro que no podemos ver ni oler.

La muerte de Nataly Osma Pinilla, una colombiana de 29 años que fue encontrada sin vida en un alojamiento de renta temporal en la colonia Tabacalera, alcaldía Cuauhtémoc, puso esa pregunta sobre la mesa. La necropsia determinó que murió por intoxicación con monóxido de carbono y la Fiscalía de la Ciudad de México investiga ahora dónde se originó y si existió alguna falla o fuga en las instalaciones del inmueble.

En las primeras horas del caso, la atención se dirigió hacia una posible intoxicación por alimentos. Nataly había salido a comer con una amiga y ambas presentaron malestares y vómitos después de regresar al departamento. Los estudios posteriores cambiaron la línea de investigación: el fallecimiento no se habría producido por comida contaminada, sino por la inhalación de monóxido de carbono.

Y entonces la pregunta dejó de ser solamente qué le pasó a Nataly para convertirse también en otra: ¿qué tan revisado estaba el lugar donde dormía?

Airbnb en CDMX: rentamos confianza, ¿pero quién revisa la seguridad?

Las plataformas de alojamiento cambiaron la forma de viajar. Las fotografías, las estrellas, los comentarios de otros huéspedes y la etiqueta de “superanfitrión” pueden ayudar a decidir si un departamento parece limpio, cómodo o bien ubicado. Pero ninguna reseña sustituye una revisión de una instalación de gas.

El monóxido de carbono es particularmente peligroso porque no tiene color ni olor. Airbnb reconoce el riesgo y recomienda verificar antes de reservar si el alojamiento cuenta con detectores de humo y monóxido de carbono. La propia plataforma advierte que, sin un detector adecuado, una persona no puede identificar la presencia de este gas.

En México, además, Airbnb cuenta actualmente con un Programa de Detectores de Monóxido de Carbono. La plataforma señala que los alojamientos incluidos en ese programa reciben un plazo de 60 días para instalar un detector o declarar por qué el inmueble no lo necesita. Incluso contempla una retención de mil pesos a anfitriones que no realicen alguna de esas acciones dentro del plazo establecido.

Eso hace inevitable otra pregunta en el caso de Nataly: ¿el departamento tenía detector de monóxido de carbono y, de tenerlo, funcionaba? Por ahora, la información pública disponible no permite responderlo.

Nataly tenía 29 años y había viajado a México

Nataly Osma Pinilla era colombiana, tenía 29 años y se encontraba en Ciudad de México durante las celebraciones de las fiestas patrias. Se hospedaba junto con una amiga en un departamento de renta temporal en Tabacalera, una colonia ubicada a unos pasos del Centro Histórico y de Paseo de la Reforma.

Después de regresar al alojamiento ambas comenzaron a sentirse mal. Nataly fue encontrada posteriormente sin signos vitales. Los primeros reportes indicaron que no presentaba lesiones visibles y que sus pertenencias continuaban dentro del departamento.

La necropsia aportó después una pieza central: la causa de muerte fue intoxicación por monóxido de carbono. La Fiscalía capitalina mantiene abierta la investigación para establecer de dónde provino el gas y determinar si existió una falla en el inmueble.

Es importante esa última parte: que Nataly haya muerto por monóxido de carbono no significa que ya sepamos quién es responsable ni cuál fue exactamente la falla que lo produjo. Eso todavía forma parte de la investigación.

El problema no debería recaer en quien renta

Airbnb recomienda a sus huéspedes revisar en el anuncio si existen detectores de humo y monóxido de carbono. También aconseja preguntar al anfitrión si las baterías de los dispositivos se revisan regularmente e incluso señala que las personas pueden viajar con su propio detector portátil.

Son medidas útiles para reducir riesgos, pero también dejan una pregunta incómoda para el modelo de las rentas temporales: ¿hasta dónde debe llegar la responsabilidad de quien paga por hospedarse y dónde empieza la obligación de quien ofrece, administra o intermedia el alojamiento?

Una persona que renta un departamento durante un viaje puede revisar las calificaciones, leer comentarios y comprobar qué dispositivos de seguridad aparecen en el anuncio. Lo que difícilmente puede hacer es desmontar un calentador, revisar tuberías o verificar técnicamente una instalación de gas antes de dormir.

Ahí está el fondo del caso. No se trata solamente de preguntarnos si Nataly pudo haber detectado el peligro. Se trata de saber qué mecanismos existen para que ese peligro no estuviera ahí en primer lugar.

¿Quién responde cuando una renta temporal no es segura?

La expansión de Airbnb y otras plataformas convirtió miles de viviendas en alojamientos temporales y abrió discusiones en la Ciudad de México sobre vivienda, gentrificación y regulación. La muerte de Nataly suma otra dimensión que suele ocupar mucho menos espacio: la seguridad física de quienes se hospedan.

Quién verifica las instalaciones, con qué frecuencia deben revisarse, cómo se comprueba que los detectores realmente existen y funcionan, qué responsabilidad corresponde al propietario y cuál a la plataforma son preguntas que cobran otra dimensión cuando una estancia termina en una muerte.

La Fiscalía tendrá que determinar qué ocurrió específicamente dentro del departamento de Tabacalera y si existe alguna responsabilidad. Pero el caso deja una pregunta que va más allá de un solo inmueble. Porque cuando reservamos un Airbnb revisamos las fotos, la ubicación, el precio, las estrellas y hasta si tiene cafetera. Casi nunca preguntamos cuándo fue la última vez que alguien revisó la instalación de gas. Quizá porque, cuando pagamos por un lugar para dormir, damos por hecho algo mucho más básico: que alguien ya se aseguró de que sea seguro.

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