El Super Tazón de los nadie

El futbol americano es, quizá, el ritual civil más poderoso del imperio. Es la ceremonia donde Estados Unidos se mira al espejo y se confirma campeón del mundo, aunque solo jueguen ellos. Por eso, la postal que nos regaló Bad Bunny fue un acto político y de resistencia de primer orden.

En el corazón del espectáculo más norteamericano de todos, Benito Antonio Martínez Ocasio —despojado del personaje y con los pies en la tierra— convirtió el medio tiempo en una lección de geografía y memoria. Nombró a los países de América como si fueran el verso de una canción que nunca fue cantada con todas sus estrofas, porque lo que se nombra existe, y el sur también existe.

En tiempos en los que el proyecto imperial del esperpento naranja vuelve a amenazar la soberanía de nuestros pueblos, leer “Juntos somos América” bordado en un balón no fue un eslogan, sino un gesto martiano: una reivindicación viva de aquella América Nuestra que solo puede sostenerse unida. Esa soberanía que no se concedió a nuestros países por cortesía, sino que costó sangre.

Para mí, lo más conmovedor fue el homenaje a los nadie. Benito utilizó la fiesta más grande del norte para sentar en el trono del rey a los desposeídos: campesinos, joyeros, boxeadores de barrio, el pueblo raso. Los que, diría Galeano, “valen menos que la bala que los mata”.

El Conejo Malo se entregó su Grammy a sí mismo en versión niño, cuando no era estrella, sino un “nadie”. Se desplomó el techo de la casita y cayó en un hogar común, de esos donde caben las tías, los primos y el arroz con frijolitos. Todos fuimos ese niño en la boda, durmiendo entre dos sillas.

Bad Bunny caminó entre veredas de campo —que a ratos daban un aire a Macondo—, bailó sobre una pick up, al lado de una taquería llamada “Villa’s”; referencia, pienso yo, a Pancho Villa, el mismo que se atrevió a invadir a los Estados Unidos. El arte también puede ser trinchera. Por eso es blando el argumento de que Benito es un artista superficial. Nada de eso. Le enseñó al mundo que los normales también podemos ocupar el centro del escenario.

Y claro, Trump salió a refunfuñar después: que el show fue “terrible” y que “nadie entiende una palabra”. En efecto, los nadie lo entendimos. Y lo entendieron también miles allá arriba, que corrieron a aprender español para impedir que a nuestros pueblos les ocurra lo que a Hawái. Qué ironía: esta vez, el imperio se obligó a subtitular al sur.

En el templo del futbol americano, esa noche no brilló un mariscal de campo, sino la fiesta de los nadie. Qué buen momento para ser latinoamericano. Qué buen momento para ser un “común” en medio de la resistencia. Gracias, Benito, por recordarnos que América no es solo para los “americanos”: América es Nuestra.

gph

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