- Argentina marcó la pauta en derechos de las mujeres con Ni Una Menos y aborto legal, pero bajo Javier Milei los avances se desmantelan; mientras México avanza con reformas y protección legal, mostrando que los derechos no son irreversibles
Hubo un momento en que Argentina parecía el termómetro moral de América Latina. En 2015, el grito de Ni Una Menos no solo llenó plazas: cambió el idioma político del continente. El pañuelo verde dejó de ser un accesorio y se volvió símbolo global. En 2020, el aborto legal fue una victoria histórica que contagió a la región. Argentina marcaba el ritmo. Hoy el paisaje es otro.
Bajo el gobierno de Javier Milei, lo que antes era política pública es “gasto ideológico”. Se cerró el Ministerio de Mujeres, el programa Acompañar quedó prácticamente desmantelado, la línea 144 sufrió recortes brutales y el presupuesto en salud sexual cayó a niveles mínimos. El feminicidio —esa palabra que costó años instalar— ahora estorba. Desde el poder se repite que “la violencia no tiene género”, como si borrar el término pudiera borrar los cuerpos.
Argentina no dejó de tener feminismo. Lo que dejó de tener es un Estado dispuesto a sostenerlo. Y eso se siente. Se siente cuando la institucionalidad se repliega, cuando el discurso oficial convierte la agenda de derechos en chivo expiatorio y cuando el retroceso no es solo económico, sino simbólico.
Mientras tanto, México atraviesa su propia paradoja. En un país donde siguen asesinando mujeres todos los días y la impunidad es norma, 2025 dejó avances que no son menores. Con Claudia Sheinbaum en la presidencia, tres estados más ampliaron el acceso al aborto; la Suprema Corte sentó precedentes en violencia sexual infantil; la Corte Interamericana volvió a condenar al Estado por feminicidios; se presentó el primer paso hacia un Sistema Nacional de Cuidados; y se reformó la definición de abuso sexual para poner el consentimiento en el centro.
No es un cuento rosa. Hay retrocesos locales, resistencias conservadoras y violencia estructural que no desaparece con reformas. Pero hay una diferencia política clave: en México la agenda feminista está en disputa, sí, pero no está siendo desmantelada desde el Ejecutivo con una narrativa de guerra abierta. Argentina fue faro. Hoy es advertencia.
México no es un ejemplo perfecto. Es territorio en tensión. Pero mientras en Buenos Aires se intenta vaciar de sentido lo conquistado, en Ciudad de México el morado y el verde todavía se traducen —con contradicciones y presión social constante— en cambios legales e institucionales.
La lección es incómoda: ningún derecho es irreversible. Lo que ayer parecía consolidado hoy puede desmontarse por decreto. El feminismo no avanza en línea recta. Y cuando el retroceso se vuelve política de Estado, la alerta deja de ser nacional y se vuelve regional.
